Hace tiempo Elena nos contó cómo fue su parto en “¿Cuándo llegan los mellis?”. Fue un parto rápido y bonito. Y a pesar de tener que pasar unas semanas en neonatos cogiendo peso debido a su prematuridad, todo salió fenomenal y Purpurina y Pepinillo, al igual que sus hermanos mayores, son para comérselos.

Sin embargo, aunque he ido contando cosas sueltas, hasta ahora yo no había dedicado una entrada a contar mi parto, creo que por dos motivos:

  • A pesar de ser muy especial para mí porque me trajo a lo mejor que hay en mi vida, no fue un parto ni rápido, ni fácil, ni bonito, así que no quería asustar a ninguna mamá que nos lea embarazada;
  • Cuando yo estaba embarazada no leí nada, ni vi vídeos ni nada de nada, sobre el parto. Por un lado, no quería formarme expectativas de lo que iba a ser, para no romper la magia de un momento tan trascendental. Por otro, me parecía tan imposible,después de haber fracasado tres veces anteriormente, que pudiera llegar, que mi preocupación era esa precisamente, conseguir llevar adelante el embarazo y llegar al parto (al momento inmediatamente anterior).

Sin embargo, si había una pregunta que me repetían a menudo durante el embarazo era precisamente “¿tienes miedo al parto?”, así que creo que la rara soy yo, y hay muchas mamás a las que sí les gusta leer y conocer otras historias. Aquí va la mía en 6 capítulos:

 

1- LA INDUCCIÓN DEL PARTO

El día que cumplía 38 semanas tocaba consulta con la gine. Es raro de explicar, pero tenía la sensación de que había tocado techo, de que mi útero ya no era esa incubadora mágica ni el mejor lugar para mis bebés. Sentía que no tenía más recursos en mi cuerpo para alimentarlos y que iban a estar mejor fuera que dentro. Sin embargo mis niños parecían muy cómodos y después de un par de amenazas de parto prematuro, de haber aplicado la maduración pulmonar y la tocólisis para parar el supuesto parto en la semana 33 y de las constantes contracciones, allí seguían ellos. Le rogué a la ginecóloga que me provocara el parto. No era la primera vez, la semana anterior también se lo había pedido pero me dijo que no se debe inducir si no hay nada que indique la necesidad de hacerlo, como era mi caso según ella. Entonces me exploró y como ya tenía el cuello el útero totalmente borrado y vio que aquello estaba a punto, ante mi insistencia decidió que por fin sí, me lo provocaran. Ese mismo día ingresé.

Fue al cruzar la puerta del paritorio cuando fui consciente de que iba a traer dos bebés al mundo. Después del miedo, del reposo y del largo camino, por fin llegaba el momento. No hizo falta aplicar prostaglandinas para ablandar el cuello del útero. Me rompieron una de las bolsas y sin oxitocina comencé inmediatamente a tener contracciones fortísimas, cortas pero muy seguidas. Con la barriga que arrastraba, más la falta de forma física debida a tanto reposo, no podía colocarme de ninguna postura que las aliviara, ni de lado, ni de pie, no digamos ya de cuclillas (esto último ya ni siquiera podía hacerlo desde hacía semanas, como para intentarlo con semejantes dolores). Así que aguanté un par de horas y pedí la epidural.

2- PRIMER SUSTO

Las anestesistas obraron magia y los dolores (que no la presión) desaparecieron de inmediato. Al rato de ponerme la epidural empecé a sentir mucho frío, y después a tiritar. Los temblores casi espasmódicos que me provocaba la tiritona no me parecían muy normales, pero la matrona no le dio importancia y me dijo que eran debidos a la anestesia.

Conseguí dar unas cabezadas y cuando me desperté, el monitor del latido de uno de los bebés empezó a pitar. Luego el otro. Los bebés tenían taquicardia.

De repente apareció una matrona muy resuelta, me desnudó y empezó a aplicar paños húmedos por todo mi cuerpo, y le oí que pedía que me metieran paracetamol en vena. Tenía fiebre, y eso no es bueno, nada bueno, para los bebés. Con el tiempo (bendita ignorancia) supe que lo que me pasó se llama corioamnionitis, o infección aguda de las membranas placentarias (corion y amnios), y es bastante peligroso si no se controla a tiempo o si se produce en etapas más tempranas de la gestación.

3- EL EXPULSIVO

Consiguieron controlar mi temperatura y los latidos de los bebés y el parto siguió avanzando. Tras 9 horas por fin había dilatado los 10 cm y comenzó el expulsivo. Menos mal que me había advertido, porque si no me habría dado un síncope cuando vimos cómo el paritorio de repente se empezó a llenar de personal. En un momento álgido, el papá contó 17 personas aparte de nosotros dos. Y yo espatarrada en el potro, aquel día definitivamente perdí la poca vergüenza que me quedaba.

Comenzaron los pujos, y aquello no avanzaba. Mis partes íntimas parecían un buzón susceptible de ser explorado por cuanto ginecólogo pasara por allí. Después de cuatro horas y que Zipi apenas se colocara más que a mitad del canal de parto, me anunciaron la temida cesárea. Lloré amargamente, pero el Hospital en que di a luz tiene fama de poco intervencionismo en los partos (razón por la cual muchas mujeres no quieren dar a luz allí) así que si me decían que veían necesaria la cesárea, no me sentí con fuerzas para replicar.

4- LA CESÁREA

Me llevaron al quirófano corriendo (el paritorio gemelar está estratégicamente situado en frente de este) y en pocos minutos habían nacido los dos. El papá no pudo entrar. Yo tenía una cortina puesta a la altura del pecho que me impedía ver la intervención y estaba con los brazos en cruz, atada y entre cables y vías, así que no pude más que ver a los niños, nada de tocarlos ni olerlos, ni por supuesto de practicar el piel con piel. Al menos el equipo de pediatras de Zape fue más considerado y me dejaron darle un besín, porque a Zipi sólo me lo acercaron 1 segundo.

Una de las pediatras me informó de que los niños estaban perfectamente, pero debido al proceso infeccioso que yo había sufrido durante el parto, tenían que seguir un protocolo de antibiótico con ellos (además de conmigo), por lo que estarían ingresados 48 horas en neonatos.

5- SEGUNDO SUSTO Y REANIMACIÓN

Mientras tanto, todo el mundo tras la cortina estaba muy ajetreado dándole unos viajes de aúpa a mi barriga. Sufría atonía uterina, mi útero no se encogía y la hemorragia no disminuía, perdí mucha sangre. Estuvieron masajeando mi abdomen durante un buen rato y cuando pareció que estaba medio controlado me dejaron un buen rato en el quirófano en observación.

Cuando por fin se controló la hemorragia me llevaron a reanimación. Qué sensación tan extraña, allí en un box durante ni sé cuánto tiempo, vacía, totalmente aislada sin saber cómo estaban mis niños, sin contacto con ellos ni su papá. Sólo recuerdo que tenía mucha sed y me daban unos palitos impregnados en un líquido que sabía muy rico pero que no me quitaba las enormes ganas de beber un buen vaso de agua.

Finalmente me subieron a la habitación y allí estaba mi querida tía B, nunca me he alegrado tanto de ver a alguien de mi familia. Hasta el día siguiente por la mañana no pude ver a mis niños, porque apenas me podía levantar, estaba muy débil y no me dejaban bajar a neonatos a verlos por más que yo insistiera.

6- EL ESPERADO ENCUENTRO

Recuerdo cuando por fin pude bajar a verlos, la sensación tan rara que experimenté. No me podía creer que aquellos niños tan grandes hubieran estado hasta hacía unas horas dentro de mí. Me parecía increíble, mis niños ya estaban aquí, debería estar pletórica, feliz, y sin embargo no lo estaba. Y además, después de tantos meses alimentándolos en mis entrañas, los sentí dos extraños, ¿dónde estaba ese flechazo del que tanto había oído hablar? (En esta otra entrada te hablo sobre el “amor a segunda vista“) ¿Era una mala madre? ¿Sería porque no me los habían puesto encima nada más nacer? Yo no sentía amor, sólo sentía que tenía que protegerlos, pero ¿cómo?, estaba aturdida. No sabía ni cogerlos. Yo, que nunca había dudado en acunar a otros recién nacidos, de repente no sabía cómo actuar con mis propios hijos.

Y COLORÍN COLORADO…
…Este cuento no había hecho más que empezar… Todo ese amor guardado durante años, que no surgió nada más ver a mis hijos, afloró después, en el día a día, en el roce, en las noches en vela, con cada caricia, con cada beso. Y sigue creciendo y creciendo y creo que es infinito.

Esta es la historia de mi parto, siento haberme extendido tanto, especialmente porque a mi compiblogger le espantan los posts extensos (Elena, ¿me perdonas?). A pesar de todo lo malo, los sustos y la cicatriz de la cesárea, no tengo un mal recuerdo, sino todo lo contrario. Sin duda volvería a pasar por lo mismo si me garantizan un final igual.

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Después de mi paso por la Universidad hice un Master en Gestión Internacional de la empresa, y es a esto, al comercio exterior, a lo que me dedico profesionalmente. Junto con mi Pantuflo, somos padres de seis. Los tres primeros no están con nosotros, habitan cada uno en una estrella. Los tres siguientes afortunadamente nos dan mucha lata: Zipi y Zape, que nacieron el mismo día, y Tamagochi, que llegó tres años después. Escribo con sinceridad, pero sin dramatizar, sobre mi realidad imperfecta, sin olvidar el sentido del humor, todo ello aderezado con un punto místico que no puedo evitar por más que me lo proponga. Soy inquieta por naturaleza, siempre tengo algún proyecto entre manos. Hablo más deprisa y en más cantidad de lo que la mayoría de las personas son capaces de procesar, así que el blogging ante todo es una terapia para mí (¡y para los que me rodean!).

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