¿Estás embarazada de más de un bebé y debes guardar reposo? Aquí te cuento mi experiencia durante las ocho semanas que duró mi “cautiverio”

Un embarazo múltiple supone un gran esfuerzo para nuestro cuerpo, y en la mayoría de ocasiones requiere más reposo que un embarazo de uno. Si transcurre con normalidad se puede llevar a cabo una vida relativamente normal aunque llega un momento en que tu cuerpo te dice que pares el ritmo (que suele ser bastante antes que en un embarazo de uno).

En cualquier caso, a partir de la semana 24 de embarazo te suelen recomendar que bajes las revoluciones y lleves una vida más tranquila, para evitar en la medida de lo posible un parto prematuro (o demasiado prematuro).

Todo lo que voy a contar se refiere a lo que yo viví. Ten en cuenta que cada embarazo es diferente y no tiene por qué parecerse en nada a tu vivencia. Pero quiero compartir mi experiencia por si alguna se ve obligada a guardar reposo y le puede ayudar.

Mi embarazo no fue nada fácil, ni en el plano emocional, ni en el físico. Antes de quedarme embarazada de Zipi y Zape perdí tres bebés (dos en el primer trimestre y uno a principios del segundo). La pérdida de un hijo en su etapa gestacional es un duro golpe y ya no vuelves a ver el embarazo como lo que realmente es: un proceso fisiológico normal que da como resultado un hijo en tus brazos. Perder tres, uno tras otro… sólo quien ha vivido algo parecido sabe lo que se siente, y cómo se afronta un nuevo embarazo.

Supongo que el lado emocional tuvo mucho que ver en todo el reposo que guardé, ya que la cautela me empujaba a hacer siempre el doble de lo que me decía mi ginecóloga.

Siempre he llevado una vida muy activa, a 1000 por hora. De repente me vi sin salir de la isla (vivo en Gran Canaria), sin poder ir a mi tierra, sin trabajar y sin apenas pisar la calle, durante casi 9 meses. Dicho así en una línea, a toro pasado, no se aprecia la dimensión de lo que esto supone, pero es un mundo. Paso a contarte cómo lidié con mi cuerpo y mi mente durante esa maravillosa pero eterna espera:

PRIMER TRIMESTRE

El primer trimestre lo pasé con pérdidas, en alguna ocasión de bastante intensidad. La ginecóloga decía que daba igual lo que hiciera, que la naturaleza sigue su curso independientemente de lo que hagamos. Pero yo igualmente hice mucho reposo: baja laboral, mucho descanso (muuuuuucho sueño), buena alimentación y estado zen general.
No te alarmes si sufres sangrados en el primer trimestre, lo primero es ir al ginecólogo para que te examine, probablemente te prescribirá reposo, en ocasiones progesterona, y es bastante posible que utilice, con más o menos tacto, las palabras “amenaza de aborto” para describir tu estado. Lo cual, si ya estábamos asustadas, nos pone los pelos más aún de punta. He podido saber que es bastante común tener pérdidas en el primer trimestre, son sangrados de implantación. Dos bebés haciéndose el nido en tu útero “revuelven” mucho.
Si las náuseas no te lo impiden, es buen momento para aprovechar y hacer cosas en casa que no requieran mucho esfuerzo, y que luego no vas a poder hacer cuando lleguen los peques. Entre otras cosas, yo por ejemplo hice el album de fotos digital de nuestra luna de miel (3 años después). También puedes empezar a escribir un diario del embarazo, para leérselo a tus hijos cuando sean  mayores.

 

SEGUNDO TRIMESTRE

En el segundo trimestre desaparecieron los sangrados, y físicamente fue un remanso de paz. Te encuentras bien, la tripa empieza a crecer pero su tamaño aún es llevadero y, lo mejor de todo, empiezas a notar los movimientos de los bebés (tardé bastante en notarlos, hasta la semana 22 más o menos no empecé a reconocerlas y sentirlas con cierta regularidad). Aún así, continué haciendo vida muy tranquila (de baja y durmiendo mucho) porque el miedo no me abandonaba y en mi refugio me sentía segura y protegida de preguntas indiscretas o incómodas.

TERCER TRIMESTRE

El tercer trimestre fue el más complicado físicamente. La barriga crecía sin parar, los ardores me acompañaban día sí día no, sangraba un montón por la nariz (¿?), desarrollé anemia y las plaquetas bajaron mucho… Y, lo que realmente indicó el reposo casi absoluto: empecé a tener contracciones alrededor de la semana 25 y el cuello del útero comenzó a borrarse en la 27. Así que me pasé unas 8 semanas en la cama, sólo me levantaba para ir al baño, ducharme y comer. Estas son algunas de las cosas que pasaron por mi mente y por mi cuerpo en esas largas semanas:

  • Contracciones: en el embarazo gemelar se empiezan a producir antes. En mi caso no eran dolorosas, pero notaba cómo se ponía la barriga dura como una piedra y se marcaban los bebés, era como si me hicieran el vacío en la barriga. No tienen por qué ser peligrosas, siempre y cuando no sean rítmicas ni se incremente su frecuencia, y el cuello del útero permanezca invariable. Para tenerlas un poco más “controladas” es bueno beber mucha agua (como es sólo por unos meses, tus riñones no corren peligro de petar irremediablemente, aunque luego te tiras el día en el servicio). Cada vez que me venía una contracción cambiaba de postura y se aliviaba la mayoría de las veces. Respecto a este tema, hemos publicado dos entradas hablando sobre nuestra experiencia con las contracciones: Parte I Elena y Parte II Ana;
  • El tiempo: estar en una cama todo el día agota, mucho. A pesar de ser una lectora regular, no me sentía con ganas de leer libros, sólo me interesaba “El Gran Libro de los Gemelos” de Coks Feenstra (lo recomiendo) y entrar en internet a leer blogs e información sobre el mundo gemelar en general. También escuchaba mucho la radio. Y por supuesto, en tantas horas libres también dedicaba algunas a ver la televisión, la telebasura es especialmente indicada para evadir tu mente, aunque si pasas demasiado tiempo delante de la caja tonta corres el peligro de pasarte de rosca y conseguir el efecto contrario al deseado;
  • “Revolverse”: moverme me costaba horrores, al tremendo peso de la barriga había que sumar mi (des)tono muscular, las piernas apenas soportaban mi peso. Las únicas posturas que me permitía mi cuerpo tumbada eran de lado, intentaba estar la mayor parte del tiempo del izquierdo, pero tenía que alternar. Siempre me han gustado los colchones rígidos, horror! Me aliviaba tumbarme en un sofá mullidito donde se podían hundir mis caderas. Cuando estaba en la cama, imprescindible el cojín entre las piernas para mitigar el dolor de caderas;
  • La motivación: cuando llevas muchos días en posición horizontal y haciendo lo mismo (o sea, nada) un día tras otro, pierdes el norte. Así que es bueno recordarte varias veces al día que lo que estás haciendo es por un bien mayor y que no va a durar para siempre. A mí me motivaban mucho estas cosas:
    • Bolsa del hospital: me costó dar el paso, pero una vez preparada de vez en cuando sacaba ropa, o los gorritos, los abrazaba, los olía, y me daban mucha fuerza para continuar;
    • Metas: me ponía metas cortas, cada noche me acostaba pensando en que mis niños habían pasado un día más en mi tripa, y mi objetivo a más largo plazo era la siguiente cita con la ginecóloga. (No pensaba más allá, no pensaba en el parto. Las visualizaciones de mis niños en brazos, aunque sea raro, tampoco me ayudaban. Vivía al día). Recuerdo cuando en torno a la semana 30 me dieron el bote para la muestra de orina y el palito para el exhudado, ambos para la analítica que te hacen en la semana 35. No creía que fuese a llegar ni de broma. Pero lo puse en el baño en un lugar visible, y cada vez que entraba en el baño (con una barriga gigantesca oprimiendo tu vejiga entras muchas veces al día), allí lo veía y me decía: venga que llegamos! y vaya si llegamos…
    • Las visitas: agradecía mucho cuando venían a verme y me contaban cosas del mundo exterior, que seguía girando mientras en mi pequeño universo se había detenido el tiempo y sólo vivíamos mis dos bebés y yo (y el papá, claro);
    • Confiar en ti misma: cuando la cosa se empezó a poner peliaguda en la semana 27, mi ginecóloga me dijo: “confía en ti misma, en que tú puedes”. Y yo pensé que eso no era una ayuda. Pero a base de repetirse las cosas una se las acaba creyendo, y sí que fue una gran ayuda;
  • Preparar las casa para la llegada de los bebés: lo añado en la lista pero no para contar lo que hice, sino todo lo contrario. No te agobies por todas las cosas que tienes que preparar y no puedes porque estás en reposo. La gran mayoría de lo poco (lo muchísimo, en realidad) que necesitan los bebés no se compra en las tiendas. Les basta con que sus papis (y algún familiar más) estén pendientes de ellos las 24 horas del día. Nosotros sólo compramos el carrito y la ropa imprescindible (bodies y pijamas), y el cambiador y las minicunas (con la equipación de sabanitas necesaria) que nos los regalaron. Cuando los bebés llegaron a casa no habíamos preparado nada para su habitación, salvo una lámpara que habíamos comprado hacía mucho (antes de saber que venían en camino) y unos vinilos que compró el papá y se entretuvo colocando con mi madre durante uno de mis ingresos en el hospital (estuve ingresada un par de veces por amenaza de parto prematuro). Realmente lo de no preparar nada es hasta económicamente rentable, porque evitas cargarte de cosas innecesarias. Aunque te aconsejen unas u otras cosas, no sabes lo que vas a necesitar hasta que los bebés están en casa, cada familia es diferente y tiene necesidades distintas.

 

Finalmente llegué a la semana 38. En la semana 35 dejé el reposo absoluto porque ya no había tanto riesgo si los niños nacían, y empecé a hacer vida “normal”. Y a pesar de las constantes contracciones y el cuello de mi útero totalmente borrado, allí seguían mis niños apretujados y felices sin querer salir. Le rogué a la ginecóloga que me provocaran el parto porque no podía más, ni física ni psicológicamente. Los niños ya eran muy grandes y sentía que mi cuerpo ya no tenía más recursos para alimentarles y cuidarles, que iban a estar mejor fuera que dentro. Finalmente accedió porque ya estaba empezando a dilatar, sólo tuvieron que romper la bolsa del primero. Para mi desconsuelo acabó en cesárea, pero al menos pude completar la dilatación. Los niños pesaron 3,240 y 2,960 kg, es decir, prácticamente el peso normal para esas semanas de un bebé “único”.

Nunca sabré hasta qué punto el reposo tuvo que ver en su peso (en el mío seguro influyó… ¡engordé 25 kg! que perdí con la misma facilidad con la que los subí) o en que no nacieran antes de tiempo, pero el caso es que era lo único que podía hacer y estoy orgullosa de lo que luchamos mis dos soletes y yo. Pese a lo duro que fue, lo recuerdo con mucho amor y nostalgia y volvería a pasar por ello sin duda.

Y aquí te dejo unos truquis para sobrevivir a esta dulce espera que a veces desespera. Mucha suerte y que vaya todo fenomenal.

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Después de mi paso por la Universidad hice un Master en Gestión Internacional de la empresa, y es a esto, al comercio exterior, a lo que me dedico profesionalmente. Junto con mi Pantuflo, somos padres de seis. Los tres primeros no están con nosotros, habitan cada uno en una estrella. Los tres siguientes afortunadamente nos dan mucha lata: Zipi y Zape, que nacieron el mismo día, y Tamagochi, que llegó tres años después. Escribo con sinceridad, pero sin dramatizar, sobre mi realidad imperfecta, sin olvidar el sentido del humor, todo ello aderezado con un punto místico que no puedo evitar por más que me lo proponga. Soy inquieta por naturaleza, siempre tengo algún proyecto entre manos. Hablo más deprisa y en más cantidad de lo que la mayoría de las personas son capaces de procesar, así que el blogging ante todo es una terapia para mí (¡y para los que me rodean!).

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