Hace un año de mi abdominoplastia y comparto cómo ha sido la evolución en estos 365 días

Parece mentira, ya ha pasado un año desde que me metí en un quirófano para corregir mi diástasis y de paso que me dejaran el abdomen “bonico”. Es un tema que despierta mucha curiosidad y por el que me preguntan a menudo. Así que quería contar cómo me ha ido y me está yendo en este tiempo desde que me realizaron una abdominoplastia.

Mis pros de la abdominoplastia

En términos generales estoy muy contenta, volvería a pasar por ello con los ojos cerrados:

  • Hago vida completamente normal y en mi día a día ni me acuerdo de que alguna vez pasé por un quirófano;
  • Practico yoga, cada semana noto la ganancia en elasticidad y voy superando los límites y resistencias que mi cuerpo va poniendo;
  • Puedo saltar en una cama elástica sin sentir que se me sale la vida por el ombligo. No lo digo por decir, en casa de los abuelos montan una cama elástica en verano para los peques. Y allí que me subí yo antes de operarme y pensé que me daba algo. Qué sensación tan desagradable por Dios. Este verano, ya operada, lo volví a intentar y ¡nada que ver! Me pasaba un rato a diario saltando, sonriendo, y asimilando que ya no tengo diástasis;
  • Cojo a Tamagochi (y sus 16 kilazos) cuando es menester (a Zipi y Zape ya no es menester, que con 6 años que tienen me reventarían con o sin diástasis);
  • He mejorado mucho mi postura. Más abajo, en la cara menos amable de la abdominoplastia, profundizo sobre este punto;
  • A la hora de vestir solo me preocupo de conjuntar colores y ponerme la ropa que me gusta de cualquier estilo. Antes no me hacía demasiada gracia que me preguntaran si estaba embarazada y tener que dar explicaciones, era un momento incómodo para el que preguntaba y para mí. Así que seleccionaba mucho la ropa que me ponía, dado además que mi abdomen era más prominente que mi escote (el escote sigue igual, prácticamente inexistente, pero al menos el abdomen se ha puesto a la misma altura jeje);
  • La cicatriz no se ve nada. Nada de nada. Bueno, algo sí, pero para mí es nada.

 

Hasta aquí, lo bueno.

Mis contras de la abdominoplastia

Y a partir de aquí, lo no tan bueno, porque también lo hay. Desde el primer momento he querido ser completamente sincera, porque esta operación no es un camino de rosas, y si alguien quiere lanzarse, creo que ayuda más contar lo malo que lo bueno. Así que aquí va mi experiencia:

  • Los dolores de espalda no han desaparecido. Estos no vienen directamente de la diástasis, sino debido a las malas posturas que adquieres para compensar un abdomen disfuncional. Yo tenía muy interiorizada la postura “jorobadadenotredame” en un intento inconsciente por proteger mis vísceras, apenas cubiertas por la capa de piel (porque en mi caso no acumulo nada de grasa en el abdomen, a mí se me va toda a las posaderas). En realidad no protegía un carajo, pero inconscientemente iba por la vida con las costillas hundidas y los hombros y el pecho hacia adentro  (qué bien me explico y tal…). El caso es que después de operada, eso no cambió de la noche a la mañana. He tenido que ir reeducando el cuerpo y mejorando postura y algún día eliminaré al 100% esos vicios. Pero la realidad es que, a día de hoy, sigo teniendo dolor de espalda. Yo diría que un 30% respecto a lo que tenía antes, o sea que he mejorado muchísimo, pero aún me queda;
  • La malla: el cirujano consideró oportuno colocar una malla encima de la plicatura de los rectos (de la sutura que cose los músculos, vaya). Por lo general no me entero de que está ahí. Pero hay días que siento alguna molestia, como punzadas, no sé, es raro de explicar, pero se que está ahí. O cuando hago yoga en según que posturas en las que estiro mucho, la malla me recuerda su presencia. Y además noto el punto de sutura principal, al no tener grasa ahí se palpa perfectamente (y si te fijas mucho se ve a simple vista), da un poco de grima aunque ya estoy acostumbrada;
  • Insensibilidad en la piel: la parte baja del abdomen está totalmente insensible. A veces me pica, voy a rascar.. y nada, es como si estuviera rascando en una mesa. Una sensación muy curiosa. A mí realmente no me molesta lo más mínimo, pero me han escrito algunas chicas a las que les pasa lo mismo y les resulta tremendamente desagradable;
  • La estética: en mi caso concreto, el daño en la piel, dada mi constitución, era importante. Tenía bastante exceso de piel, y sobre todo muy dañada. El cirujano me advirtió que, aunque iba a mejorar, continuaría teniendo piel arrugada. Porque la incisión la hacen horizontal a la altura del ombligo, y cortan de ahí para abajo. Yo tenía piel arrugada también por encima, y esa, aunque estirada, no se iba a quedar tersa y bonita.Y así sigue, como puedes apreciar en la foto.

 

Afortunadamente no tuve complicaciones derivadas de la intervención quirúrgica y el postoperatorio, que es duro de narices, fue muy bien dentro de lo esperable. Así que como ves, la columna de cosas buenas supera a la de cosas negativas.

En unos meses el cirujano plástico me va a retocar el ombligo y un mínimo exceso de piel que queda en la parte central de la cicatriz. Ambulatorio (nada de quirófanos, gracias…). Así que seguiré informando.

 

Lo que supone la diástasis en nuestras vidas

Una abdominoplastia (ya lo sabía) no es la panacea. Cuando tienes diástasis, aparte del daño estético de tu piel (que no necesariamente se da siempre) hay un daño interno funcional importante que te condiciona el día a día. Es una lesión, sorprendentemente, sobre la que hay bastante desconocimiento. La primera pregunta que te haces es ¿a quién voy para que me arregle esto? Es difícil dar con personal experto que sepa tratarte. No que sepa el nombre técnico de lo que tienes, sino que conozca cómo te sientes y cómo actuar, y qué es lo mejor para tu caso concreto, porque no hay dos casos iguales. Al no ser algo mortal, ni grave no se le da demasiada importancia ni credibilidad a las molestias derivadas que sufrimos.

Por eso existe gran controversia acerca de qué es lo mejor: si cirugía o fisioterapia.

Yo creo que lo mejor sería la honestidad de quien se cruza en nuestro camino.

Agradeceríamos, en primer lugar, que cuando en una consulta (ya sea un/a fisioterapeuta o un/a facultativo/a) se encuentran con una mujer con el vientre partido en dos, supieran derivar a algún experto que trabaje habitualmente con esta lesión. Ya sea otro/a fisioterapeuta, médico rehabilitador/a o cirujano/a.

Y en segundo lugar, que ninguna mujer se encontrara con cirujanos/as que quieren operar a toda costa y garantizan un vientre plano como cuando tenías 18 años, con un postoperatorio irrisorio y sin ninguna secuela posterior. Tampoco necesitamos fisioterapeutas que reniegan de la cirugía, y te auguran la muerte si te metes en un quirófano. (Y mientras te aseguran que a través de su -costoso- tratamiento se te va a cerrar la diástasis por los siglos de los siglos)…

Como no todo es blanco o negro, afortunadamente hay vida más allá de los extremos y ni mucho menos todos los cirujanos quieren meterte el bisturí a la primera de cambio, ni tampoco todos los fisios odian a los cirujanos. Hay muy buenos profesionales en ambas disciplinas, y de hecho necesitamos de los dos (fisioterapia siempre y cirugía depende) para poder mejorar nuestra calidad de vida.

Si estás pasando por esto ahora mismo, no te agarres a lo primero que te diga tu médico/a de familia o el/la primer fisioterapeuta que visites. Desconfía de quien te ofrezca la solución definitiva, porque esto es una lesión para la que, en los casos más drásticos, como mucho podemos aspirar a mejorar nuestra calidad de vida: o bien convivir con la diástasis con un abdomen lo más funcional posible (a partir de cierto grado la diástasis nunca se cerrará), o bien pasar por un quirófano con sus efectos colaterales.

Para sentirte acompañada, existe un grupo grupo privado de facebook fantástico que se llama “Luchando contra la diástasis” en el que compartimos penas, alegrías y experiencias…

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Asturiana, habladora compulsiva, culo inquieto, Licenciada en un par de cosillas y madre de 3 + 3. Los tres primeros son 🌟 🌟 🌟 del cielo y los tres siguientes (los mellizos Zipi y Zape y el pequeño Tamagochi), afortunadamente nos dan mucha lata. No soy superwoman, trabajo en equipo con mi Pantuflo. Nadie dijo que fuera fácil... pero ¿y lo bien que lo pasamos?

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