El otro día mis hijos me regalaron un momento de esos que al resto del mundo le parece una nimiedad pero a las mamás nos llena de felicidad. Ver sus progresos es muy reconfortante, normalmente me falta paciencia para dejarles su espacio y sus tiempos, y confianza en que ya son capaces de muchas cosas, más de lo que imagino.

Salí a hacer un recado con ellos a un centro comercial y, como siempre que voy sola con ellos, me llevé el carrobús. Normalmente uno no quiere caminar y se sienta en el carro y al otro le gusta ir andando de mi mano. Pero justo ese día, los dos querían caminar agarrados de mi mano. Si sumamos: una mano para Zipi, otra para Zape, y otra para empujar el carro… No salen las cuentas, me falta un brazo (¿os suena? A las mamás de trillizos les dará la risa al leerme ^_^). Así que le pedí a Zape que me diera una mano a mí y la otra a su hermano. No tenía ninguna esperanza de que fueran a hacer caso, pero tampoco tenía nada que perder (siempre queda la opción de sentarlos a la fuerza)… ¡Y entonces sucedió! Se agarraron de las manitas y no se querían soltar, y así caminamos felices los tres unos cuantos metros, que a mí me supieron a kilómetros.

Mis bebés se hacen mayores, cada día son más conscientes de que tienen un compañero de batallas infatigable. Se besan, ríen juntos, se persiguen… Con dos años, mis hijos ya interactúan a diario. En este sentido empecé a notar un cambio importante alrededor de los 18 meses. Hasta entonces, salvo momentos muy contados y especiales, se ignoraban por completo la mayor parte del tiempo.

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Después de mi paso por la Universidad hice un Master en Gestión Internacional de la empresa, y es a esto, al comercio exterior, a lo que me dedico profesionalmente. Junto con mi Pantuflo, somos padres de seis. Los tres primeros no están con nosotros, habitan cada uno en una estrella. Los tres siguientes afortunadamente nos dan mucha lata: Zipi y Zape, que nacieron el mismo día, y Tamagochi, que llegó tres años después. Escribo con sinceridad, pero sin dramatizar, sobre mi realidad imperfecta, sin olvidar el sentido del humor, todo ello aderezado con un punto místico que no puedo evitar por más que me lo proponga. Soy inquieta por naturaleza, siempre tengo algún proyecto entre manos. Hablo más deprisa y en más cantidad de lo que la mayoría de las personas son capaces de procesar, así que el blogging ante todo es una terapia para mí (¡y para los que me rodean!).

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