Monitores en la semana 34

Esta semana la dedicamos de pleno a las contracciones. Hace unos días, Elena nos hablaba sobre su amplia experiencia con ellas, las ha tenido de todos los colores en sus tres embarazos. Yo sólo he vivido las gemelares, ya que por desgracia en mis tres embarazos anteriores no llegué a sentirlas. Al igual que le pasó a Elena, y que por lo que leo pasa a muchas multimamis independientemente de si han tenido partos anteriores, las contracciones en las gestaciones gemelares se dejan sentir muy pronto.

Recuerdo perfectamente la primera vez que fui consciente de que estaba teniendo una contracción. Tenía unas 25 semanas de gestación. Estaba sentada en el suelo, y de repente mi barriga se puso dura como una piedra, como cuando se te sube un gemelo, pero en el tripón, que ya por aquel entonces se asemejaba al de una embarazada a término de un solo bebé. Me asusté bastante (eso no es indicativo, como ya he comentado muchas veces, me pasé el embarazo asustada) y fui a tumbarme. Y se pasó. Pero al rato vino otra. Y luego otra.

Se lo comenté a la ginecóloga y al medirme el cuello del útero vieron que se había acortado y que ya estaba en la “zona roja” (por debajo de 2cm) así que me prescribieron reposo. En la semana 27 mi cuello estaba en 17mm, por lo que me tumbé y no me levanté hasta 8 semanas después. Tenía contracciones constantemente, unos días más que otros. Nunca dolorosas, pero sí bastante intensas y duraban entre 30 y 60 segundos.

En la semana 33 la disparidad de medidas según el ginecólogo que me hiciera la eco era llamativa. Y es que tenía el cuello del útero tan corto que les costaba un montón encontrarlo, y las medidas oscilaban entre 8 y 15 mm. En cualquier caso, cortísimo. Me ingresaron y me aplicaron la tocólisis, el protocolo que contaba Elena en su entrada, que consiste en parar las contracciones para evitar el parto mientras aplican corticoides para la maduración pulmonar. En mi caso sí funcionó y el parto no evolucionó. Realmente a día de hoy, visto con la calma que te da la perspectiva de que todo haya salido bien, creo que no estaba de parto. Tenía el útero muy irritable, porque en monitores se veían contracciones constantes. Lo que indicó el tratamiento fue el acortamiento del cuello. El caso fue que me aplicaron la tocólisis (bastante desagradable, porque me dieron unas taquicardias horribles) y dio tiempo a cumplir las 48 horas para que hicieran efecto los corticoides. Dio tiempo a darme el alta y volver a casa. Dio tiempo a seguir en reposo dos semanas más. Dio tiempo a reanudar la vida “normal” (todo lo normal que pueda ser tu vida pesando veintipico kilos más de lo habitual y después de 8 semanas sin apenas moverte). Y hasta dio tiempo, quién me lo iba a decir, a que me llegase a desesperar… Y las contracciones nunca cesaron.  En la semana 38, con el cuello del útero totalmente borrado, tuve que rogar a mi ginecóloga que por favor me provocara el parto porque no aguantaba más ni física ni emocionalmente. Temía por el bienestar de los peques, ya no confiaba en que mi cuerpo tuviera recursos para seguir alimentándolos, había forzado demasiado la máquina.

Rompieron la bolsa de uno de los bebés y sin oxitocina ni nada, ahí sí, supe lo que es una contracción de parto, nada que ver con las que había sentido durante todo el embarazo. Si os soy sincera, a día de hoy no recuerdo cómo es el dolor, sólo que es insoportable. Yo que soñaba con un parto natural, pedí la epidural a gritos, para, unas cuantas horas después, acabar rajada en un quirófano.

Si nos lees embarazada y las estás padeciendo, como decía Elena, mientras no sean rítmicas y/o dolorosas (ojo con el tema infecciones que ella comentaba) no tienes por qué preocuparte. Ya ves que en mi caso fueron constantes durante  13 semanas y no se desencadenó parto alguno. De todas formas, una consulta al ginecólogo ante cualquier duda nunca está de más. Es mejor pasarse que quedarse corta.

¡Ánimo!

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Después de mi paso por la Universidad hice un Master en Gestión Internacional de la empresa, y es a esto, al comercio exterior, a lo que me dedico profesionalmente. Junto con mi Pantuflo, somos padres de seis. Los tres primeros no están con nosotros, habitan cada uno en una estrella. Los tres siguientes afortunadamente nos dan mucha lata: Zipi y Zape, que nacieron el mismo día, y Tamagochi, que llegó tres años después. Escribo con sinceridad, pero sin dramatizar, sobre mi realidad imperfecta, sin olvidar el sentido del humor, todo ello aderezado con un punto místico que no puedo evitar por más que me lo proponga. Soy inquieta por naturaleza, siempre tengo algún proyecto entre manos. Hablo más deprisa y en más cantidad de lo que la mayoría de las personas son capaces de procesar, así que el blogging ante todo es una terapia para mí (¡y para los que me rodean!).

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