Ya he comentado varias veces que para mí fue muy frustrante y traumático no poder dar el pecho a mis hijos mayores, que sólo amamanté durante 17 días. Vaya por delante que yo soy exagerada para todo, y todo lo vivo con demasiada intensidad, lo bueno y lo malo.

Los primeros meses tras abandonar la lactancia sufría horrores cada vez que preparaba un biberón, sentía que les estaba dando poco menos que veneno. No quería leer nada sobre lactancia, cuando sabía de alguna madre múltiple que lo había conseguido me sentía la más inútil del planeta, y cuando alguna amiga embarazada (de uno) decidía voluntariamente no amamantar me ponía rabiosa (para mis adentros, claro); me regocijaba pensando en el día que tuviera un tercer hijo (uno solo) y pudiera darle el pecho, incluso me enfadé con mi madre y la culpé de mi fracaso porque ella con tal de no verme sufrir me decía que les diera el biberón, que no pasaba nada… Y sobre todo, y ante todo, me sentía terriblemente culpable.

En medio de este torbellino emocional/hormonal, alguien me comentó en una ocasión que lo que yo estaba viviendo era un “duelo” por mi lactancia frustrada. Y la verdad es que me chocó mucho que utilizara esa palabra que yo asociaba con otras circunstancias a todas luces más dramáticas. Sin embargo, el hecho de que existiera un nombre para lo que yo estaba sintiendo significaba que no era la única que lo había padecido, y me sentí aliviada (y menos bicho raro) por ello.

Hoy me he dado cuenta de que, por fin (ya era hora), he superado ese duelo, o como queramos llamarlo. He asumido que no tengo que perdonarme por nada, porque nada hice mal. Ya no duele. Ya no escuece. Ya no estoy enfadada con mi madre. Ya no me siento culpable. Ya no me molesta ver a alguien dando un biberón por la calle a un bebé muy pequeñito, asumo que tendrá sus circunstancias (forzosas o voluntarias) que son totalmente respetables y no me apresuro a juzgar. Ya no deseo otro hijo para suplir todas las frustraciones que tuve con mis hijos por el hecho de ser dos (esto da para otra entrada), lo deseo sin más, porque quiero tener otro hijo.

Si estás atravesando algo parecido a un duelo por no haber podido amamantar a tus hijos, (las mamás múltiples tenemos más papeletas para que nuestra lactancia fracase) no puedo darte consejos para superarlo, hoy no voy a hacer una enumeración, de esas que tanto me gustan, tipo “10 cosas que puedes hacer para que no te escueza no haber amamantado”. Sólo puedo darte todo mi apoyo y decirte que tus hijos no es que te hayan perdonado desde el minuto cero, sino que no tienen nada que perdonarte. A ellos les importa muy poco cómo fueron alimentados nada más nacer, en su corazón y su alma sólo quedó grabado el amor con que los esperaste, los recibiste, los sostuviste en brazos, los acariciaste y pasaste las noches en vela.

No deberían hacer falta estudios científicos que avalen las bondades de la leche materna (este mundo está del revés), es evidente que es lo más apropiado para nuestros hijos. Pero tampoco te creas todas esas cosas que oirás sobre los bebés alimentados con fórmula artificial. No son más torpes, menos inteligentes, más enfermizos, ni más gordos. Sólo se diferencian de los bebés amamantados en que no han tomado el alimento más delicioso para ellos, pero por lo demás son igual de afortunados por tener una madre que los quiere y se preocupa por ellos por encima de todo. En el amor, que es lo más importante para el recién nacido, no hay diferencia entre pecho y biberón.

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Después de mi paso por la Universidad hice un Master en Gestión Internacional de la empresa, y es a esto, al comercio exterior, a lo que me dedico profesionalmente. Junto con mi Pantuflo, somos padres de seis. Los tres primeros no están con nosotros, habitan cada uno en una estrella. Los tres siguientes afortunadamente nos dan mucha lata: Zipi y Zape, que nacieron el mismo día, y Tamagochi, que llegó tres años después. Escribo con sinceridad, pero sin dramatizar, sobre mi realidad imperfecta, sin olvidar el sentido del humor, todo ello aderezado con un punto místico que no puedo evitar por más que me lo proponga. Soy inquieta por naturaleza, siempre tengo algún proyecto entre manos. Hablo más deprisa y en más cantidad de lo que la mayoría de las personas son capaces de procesar, así que el blogging ante todo es una terapia para mí (¡y para los que me rodean!).

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