Viajar es un placer… para unos pocos privilegiados. Para mí se está convirtiendo en un verdadero quebradero de cabeza. No es que sea un peligro al volante (que procuro no serlo), sino que Purpurina y Pepinillo son un peligro en su sillita del coche. Sí, en esas sillitas supermegaseguras que cuestan un pastón y que anulan el espacio de tu fantástico coche con sus soportes, sus isofixes y sus almohadillas superacolchadas e impermeables de última generación. Nosotros tenemos 4, y de todos los gustos: Desde lo más caro del mercado (comprada de segunda mano), pasando por una con prestigio y menor precio, hasta las baratas pero seguras que se pueden encontrar en cualquier sitio.

Purpurina y Pepinillo han decidido que los cinturones (sea la sillita que sea, tanto con la más cara y supersegura aparentemente como con la más barata y segura igualmente) se los pasan por el forro, y que los brazos casi mejor que van sueltos, tras zafarse con mucho estilo, y más disimulo aún, de ellos. Y yo, que de vez en cuando ejerzo de madre responsable, miro por el retrovisor y veo (oh, Dios mío) a los dos dando palmitas y quitándose los zapatos tan tranquilos, sin que los todopoderosos cinturones de la sillita protejan los cuerpecitos de mis bebés.

No sé si me entendéis: vamos, que van tan panchos en una sillita de seguridad de la forma más insegura.

Juro y perjuro que aprieto los cinturones concienzudamente, y no llego al límite de ahogarles con ellos, evidentemente, pero apretar aprieto para que vayan bien sujetos por si pasa algo. Pero llevo unos días que ya he tenido que pararme en los arcenes de la autopista, en doble fila en una calle supertransitada, en el vado más vado de la historia de los vados… Con mucha paciencia, paro el coche, les meto los bracitos por debajo de los cinturones, se los ajusto aún más (pobres), y vuelvo a arrancar el coche. Todo eso sin ni un solo chillido de desesperación, porque son bebés. Pero nada. A los 5 minutos vuelven a zafarse.

¿Qué hago?

Me debato entre dos planteamientos: ¿Qué es más inseguro?¿Ir constantemente mirando por el retrovisor a ver si se zafan y nerviosa e inquieta cuando se zafan buscando huecos donde parar? ¿o parar en el arcén de una autopista un día de lluvia con poca visibilidad para ponerles el cinturón? ¿os ha pasado algo así alguna vez? Agradecería consejos, la verdad.

Lo curioso es que, como todo, lo aprenden a la vez, o casi a la vez. Un día lo hizo Purpu, y al día siguiente ya lo hacía Pepi. Tienen una capacidad para aprender de su mellizo/a asombrosa. Y es algo que me llama muchísimo la atención. Interactúan más bien poco, pero se observan muchísimo. Una vez más, puedo comprobar que esto de los mellizos es un mundo distinto.

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Después de mi paso por la Universidad hice un Master en Gestión Internacional de la empresa, y es a esto, al comercio exterior, a lo que me dedico profesionalmente. Junto con mi Pantuflo, somos padres de seis. Los tres primeros no están con nosotros, habitan cada uno en una estrella. Los tres siguientes afortunadamente nos dan mucha lata: Zipi y Zape, que nacieron el mismo día, y Tamagochi, que llegó tres años después. Escribo con sinceridad, pero sin dramatizar, sobre mi realidad imperfecta, sin olvidar el sentido del humor, todo ello aderezado con un punto místico que no puedo evitar por más que me lo proponga. Soy inquieta por naturaleza, siempre tengo algún proyecto entre manos. Hablo más deprisa y en más cantidad de lo que la mayoría de las personas son capaces de procesar, así que el blogging ante todo es una terapia para mí (¡y para los que me rodean!).

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