Llevo semanas con esta entrada a medias porque no sé muy bien cómo abordarla, quiero contar muchas cosas sobre la gimnasia hipopresiva, sin enredarme demasiado. Así que he decidido no entrar en tecnicismos y centrarme en cómo ha sido mi experiencia.

La primera vez que oí hablar de la gimnasia hipopresiva (o los hipopresivos, como siempre me corrige mi buena amiga Marta) fue en las clases de gimnasia posparto a las que me apunté al poco de dar a luz. Busqué algo por internet para saber de qué iba y finalmente decidí apuntarme. Iba con la idea de que era la salvación para la diástasis de los rectos abdominales que padezco como consecuencia del embarazo.

Como decía al principio, no voy a entrar en tecnicismos, así que os explicaré muy por encima, y con mis propias palabras (con perdón de los profesionales en la materia), en qué consiste esta gimnasia. Los ejercicios hipopresivos hacen hincapié en trabajar el cuerpo liberando de presión la zona del abdomen (y por extensión el cuerpo entero). Una vez aprendidas las bases para una correcta colocación del cuerpo, (para mí la parte más complicada) los ejercicios en sí consisten en diferentes posturas (estáticas o dinámicas), en las que vas haciendo respiraciones rítmicas, combinadas con apneas (sin  respiración) dejando totalmente vacío de aire el diafragma.

Me apunté con Sonia Campra, pionera aquí en Las Palmas impartiendo este tipo de ejercicios, y, a pesar de lo que había leído sobre el tema, fue toda una sorpresa para mí. Una sorpresa para bien, porque más allá de cómo pueda quedar mi abdomen, he descubierto que es un ejercicio buenísimo para la higiene postural, para tomar conciencia y reprogramar tu cuerpo.

Las primeras cinco sesiones fueron de introducción a los hipopresivos. No fue hasta la quinta cuando empezamos a hacer gimnasia hipopresiva propiamente dicha. Considero estas sesiones fundamentales, pues hay mucho que reeducar. Con los años y las costumbres adquiridas, el cuerpo tiene muchos vicios posturales que se deben corregir y ajustar. Sonia nos fue enseñando, parte por parte (lección de anatomía incluida), cómo preparar y colocar el cuerpo. Todo importa: la cabeza, los hombros, omóplatos, brazos, manos, costillas, pelvis, piernas y hasta los pies! (qué importantes son los pies).

Tras las sesiones de aprendizaje, seguí yendo a dos clases semanales de mantenimiento durante dos meses para adquirir algo más de destreza y ser lo más autónoma posible para poder hacerlos sola en casa. Las sesiones de ejercicios hipopresivos como mucho duran 20 minutos, así que no tenía muy claro qué íbamos a hacer en los 40 minutos restantes hasta completar los 60 que duraban las clases. En esos 40 minutos, que al final siempre eran más, Sonia se dedicaba cada día a trabajar la conciencia de una parte del cuerpo, a través de diferentes posturas (una mezcla entre pilates y yoga). No importaba repetir zona del cuerpo, cada día le daba un enfoque diferente y despertabas la conciencia de algo de tu cuerpo. Sonia no te dice: “mete el culete hacia adentro”, porque afirma que “meter el culete hacia adentro” no significa lo mismo para ella, que para mí, que para otra persona, porque cada uno tenemos una fisionomía diferente, un lenguaje distinto y la conciencia corporal difiere de unas personas a otras. Ella te dice, “estira el fémur hacia arriba y hacia atrás”, “pega la cabeza del fémur a la pared”, “bascula la pelvis hacia adelante”, “desplaza los isquiones hacia adelante”.. Cada día te lo dice de una forma diferente hasta que encuentras el ajuste que mejor te va, que al final son todos lo mismo, pero cada persona captamos el mensaje a través de expresiones diferentes.

Creo que podría haber seguido yendo dos años enteros y cada día aprendería algo nuevo, pero la falta de tiempo me impidió seguir. Tengas o no diástasis, recomiendo estos ejercicios para todo el mundo, hombres incluidos. Eso sí, es muy importante aprender a hacerlos con algún profesional, ya que el éxito de su aplicación radica en la correcta colocación del cuerpo.

¿Me ha servido la gimnasia hipopresiva para la diástasis? No sabría qué decir. Me ha servido para tantas cosas que la lesión se ha quedado en un segundo plano. No soy demasiado constante ni le dedico todo el tiempo que debería, pero después de hacerlos me siento fenomenal, y al día siguiente me levanto más ligera y no me duele la espalda. Esto, para mí, es más que suficiente para recomendarlos encarecidamente.

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Después de mi paso por la Universidad hice un Master en Gestión Internacional de la empresa, y es a esto, al comercio exterior, a lo que me dedico profesionalmente. Junto con mi Pantuflo, somos padres de seis. Los tres primeros no están con nosotros, habitan cada uno en una estrella. Los tres siguientes afortunadamente nos dan mucha lata: Zipi y Zape, que nacieron el mismo día, y Tamagochi, que llegó tres años después. Escribo con sinceridad, pero sin dramatizar, sobre mi realidad imperfecta, sin olvidar el sentido del humor, todo ello aderezado con un punto místico que no puedo evitar por más que me lo proponga. Soy inquieta por naturaleza, siempre tengo algún proyecto entre manos. Hablo más deprisa y en más cantidad de lo que la mayoría de las personas son capaces de procesar, así que el blogging ante todo es una terapia para mí (¡y para los que me rodean!).

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