• “Ana, ¡estás estupenda!”, me dicen a menudo.

Es que he empezado, a mis 36 años y mientras Pantuflo se ocupa de los niños a primera hora, a maquillarme a diario. Y la capa de chapa y pintura favorece bastante, oiga…

Pero creo que no se refieren a eso, porque inmediatamente añaden:

  • “Estás hecha un figurín, nadie diría que tienes 3 hijos“.

Ah, que se refieren a que estoy estupenda porque uso una talla 36…

  • “No, la verdad es que no estoy estupenda, pero no importa
  • “Anda que no, ¿y cómo quieres estar? Si tienes tipazo…”
  • “No qué va, es que con ropa gano mucho, pero si ves mi barriga en crudo, te caes p´atrás…”
  • “Sí bueno, ya será menos… Anda que eres exagerada. Si es que las mujeres nos exigimos demasiado…”

Es en ese momento cuando me levanto la blusa para mostrar mi abdomen en todo su esplendor, y el gesto de mi interlocutora se transforma en algo parecido a esto…

 

En una ocasión, una mamá que aún no había perdido parte de los kilos ganados en sus embarazos, me vio la barriga y exclamó “se me acaban de quitar todos los complejos”. Lejos de ofenderme, me sentí hasta reconfortada de que al menos mi abdomen le sirviera a alguien para sentirse mejor.

Y por eso comparto la preciosa foto que acompaña este post, que nos hizo Rocío Moragas.

Si te sientes mal con tu cuerpo, no abras el HOLA.
Date una vuelta por aquí, y recuerda que NO ESTÁS SOLA

 

Mis hijos me han regalado varias cicatrices. Los tres primeros, que no llegaron a mis brazos, se fueron dejando profundas heridas en mi corazón. Y también un tatuaje en el dorso de mi muñeca izquierda que me hice en su memoria. Los tres siguientes me destrozaron el abdomen, otrora plano y esculpido. Estropicio coronado por sendas cicatrices consecuencia de las dos cesáreas. Y con todo, prefiero la diástasis y las marcas del bisturí, a las cicatrices invisibles del alma.

Por preferir, en realidad, preferíría lucir de pasarela, sin barriga, sin venitas rotas, sin celulitis y sin dolores, sobre todo sin dolores…  al igual que las que salen en el Vogue. Pero a veces no se puede tener todo, y si tuviera que elegir entre la portada del Vogue o mis hijos, no dudaría ni un instante en volver a pagar el mismo peaje por tenerlos a mi lado. Estoy muy orgullosa de mis heridas de guerra (qué remedio).

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Después de mi paso por la Universidad hice un Master en Gestión Internacional de la empresa, y es a esto, al comercio exterior, a lo que me dedico profesionalmente. Junto con mi Pantuflo, somos padres de seis. Los tres primeros no están con nosotros, habitan cada uno en una estrella. Los tres siguientes afortunadamente nos dan mucha lata: Zipi y Zape, que nacieron el mismo día, y Tamagochi, que llegó tres años después. Escribo con sinceridad, pero sin dramatizar, sobre mi realidad imperfecta, sin olvidar el sentido del humor, todo ello aderezado con un punto místico que no puedo evitar por más que me lo proponga. Soy inquieta por naturaleza, siempre tengo algún proyecto entre manos. Hablo más deprisa y en más cantidad de lo que la mayoría de las personas son capaces de procesar, así que el blogging ante todo es una terapia para mí (¡y para los que me rodean!).

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