Llevo tiempo queriendo escribir sobre esto, pero como mi problema es la total falta de tiempo, pues sigo sin escribir sobre ello. Así que desde ahora hasta que se acabe, quitad las pilas de todos los relojes de vuestras casas, para que así no haya perdido ni un solo minuto de mi ajetreada vida, y pueda terminar de hacer tooodo lo que tengo que hacer. Yo ya he apartado la vista del reloj del salón, así que haré como si nada.

Bueno, y os preguntaréis por qué me siento culpable. Pues muy sencillo. Cada vez que miro a alguno de mis hijos (a cualquiera de los 4), inicialmente -importante que recordéis esta palabra- pienso que su existencia es injusta. Y me siento culpable.
Me explico: Cuando miro al mayor  (de 5 años) no puedo evitar pensar todo lo que jugaba con él hasta que llego la princesita. Todo lo que lo achuchaba, todo lo que hacíamos juntos, lo que nos reíamos por las noches en la cama después de leer un cuento, lo que le abrazaba cuando le recogía en la guarde, los mimos que le daba mientras veíamos juntos los dibus…

Luego miro a la princesita, de 3 años -casi 4- y me da rabia no haberle dedicado todo ese tiempo que le dediqué al mayor. Y no haberme dedicado en cuerpo y alma a ella, pues ella ya nació compartiendo. Es lo que tiene ser la segunda.

Y además, encima de eso, voy y le planto detrás otros dos hermanos, encima mellizos. Porque si fuese uno pues bueno… te apañas repartiendo responsabilidades y tiempo con papi y con algún abu y te queda algún hueco solo para ella, o solo para el mayor. Pero no. Vienen 2. Nada más y nada menos. Así que el mayor se queda colgado porque “es el mayor”, y de repente le echas encima 2 años más sin comerlo ni beberlo. De la noche a la mañana tiene 3 hermanos pequeños a los que cuidar (con 5 años el pobre). Y la mediana, mi princesa, pasa de ser la superniña mimada, pegadina a mami todo el día, a ser la del medio, la olvidada. Siempre ha sido bastante autónoma, juega mucho sola…y eso ayuda, pero a veces casi ni sé de ella durante largos ratos,… Me siento culpable porque en vez de estar jugando a las princesas y a las meriendas con ella, estoy jugando a ver quién se toma la papilla de frutas ya, que hay que salir al parque antes de que salga la luna.

Pero la mayor culpabilidad la siento cuando miro para los pobres mellis, los benditos Purpurina y Pepinillo. Porque desde que nacen están en la más profunda desventaja frente a los “simples” (como antónimo de “múltiples”). Me reía leyendo el post de Ana del papel de los papis, en el que una amiga comenta que ser madre múltiple es antinatural, y lo es. Los pobres múltiples pasarán posiblemente la mitad de tiempo en cuello frente a un simple, recibirán casi la mitad de consuelo, posiblemente la mitad de atención, la mitad de… todo.

Pero aquí está el truco del almendruco, y volvemos a la palabra clave que os dije antes. Inicialmente su existencia parece injusta, pero se ve compensada por otros lados: Estos días veo que yo no tengo manos para todo, pero hay manos para todos. Y todos tienen manos alrededor para ayudarles a levantarse cuando se caen.

Yo no puedo evitar mi sentimiento de culpabilidad, porque el día no da para todo, ni mi alcance tampoco.(Ya os contaré en un post cómo me organizo trabajando y con cuatro hijos entre 5 años y 6 meses, porque es la pregunta estrella, y me convierte en un mono de feria, en una atracción ambulante, y estoy encantada de pensar que igual contándolo pueda ayudar a alguien).

Los mellis están 6 horas en la guarde, los mayores 8 en el cole, horas en las que yo trabajo, y me quedan como unas 4 horas hábiles al día para disfrutar de todos y cada uno de ellos. De ahí sale mi sentimiento de culpabilidad, porque esas cuatro horas incluyen meriendas, baños, cenas y batidas de orden en casa… Vamos, que me quedan minutos de disfrute en el fondo; nada de horas.

Pero lo bueno de esto, y es lo que me consuela en parte, es que ellos no me tienen solo a mí, gracias a Dios. Se tienen entre ellos, tienen a sus hermanos, tienen a su padre, tienen a sus amigos, a mis amigos, a sus tíos, a sus primos, a sus abuelos,…

Puede que no juegue tanto con el mayor como me gustaría, pero él pasa muuucho tiempo entreteniendo a Purpurina y a Pepinillo, haciéndoles reír, enseñándoles los muñecos, poniéndoles el chupo, cantándoles canciones y hasta leyendo cuentos. Puede que no juegue tanto con la princesita, pero ella ha aprendido que cada vez que necesita mimos, puede venir a pedirlos cuando quiera, que siempre estaré disponible para mil achuchones, aunque eso implique dejar de achuchar a otros en ese momento. Puede que los mellis no estén tanto en mi cuello, pero tiene dos hermanos que les dan más mimos que nadie. Y creo que nunca se sentirán solos, porque lo bueno de tener un hermano mellizo es que lo vive todo contigo.

Yo no puedo con todo, pero yo no soy todo. No puedo evitar sentirme culpable, simplemente tengo que aprender a aceptar la realidad múltiple, y quizá a valorar en mayor medida el privilegio de formar parte de una familia tan grande y tan especial.

Elena

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Elena Aguirre

Soy Elena, madre de 4 peques, psicóloga según el diploma que me dieron al acabar la carrera, y directora de Recursos humanos "en mi tiempo libre". Si ahora volviese atrás, estudiaría magisterio, en lugar de psicología, porque me encanta disfrutar de y con los peques. Me encanta ver las cosas desde su perspectiva. Nunca pensé que tendría 4 hijos, y menos que algunos serían mellizos!pero a día de hoy no sobra ninguno y tendría más si me dejasen. Con Willy "Fogg" , que de vez en cuando nos ayuda con algún post por aquí, hacemos un equipo bastante bueno, y sobrevivimos en esto de criar a 4 peques. Soy un espíritu libre, así que, cuando no "parqueo" o estoy con los peques, necesito ver el mar cada poco, o escaparme al monte o a sitios que no conozco, viajar,salir a tomar unas cervezas con amigas entre semana, respirar aire fresco a primera hora de la mañana, y lo daría todo por ir a trabajar caminando. Devoro tabletas de turrón de Suchard, de las que hago acopio en Navidades, y cuando se me acaban, ataco la Nutella a cucharadas. La vida sin chocolate no tiene sentido. Y si tuviese todo el tiempo del mundo y me tocase la lotería, además de hacerme con una casita con prao delante del mar (con huertiquín, por supuesto), me pasaría horas montando legos y maquetas de papel o cartulina.

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