Hace unos meses os contaba cómo lidiamos con los preparativos para viajar en avión con gemelos. Nosotros solemos volar periódicamente con ellos para ir desde Gran Canaria, donde vivimos, a Asturias, de donde soy yo y reside gran parte de mi familia.

Los primeros viajes con ellos eran una locura de preparativos, llenos de “porsis”, con un componente primerizo considerable, que crees que los bebés se pueden desintegrar si se te olvida el más mínimo detalle. Nuestro mayor reto era llegar a sentarnos en el asiento del avión, sanos y salvos los cuatro, después de manejar los bártulos y los peques, plegar la silla a la entrada del avión -benditos portabebés– colocar equipaje de mano y, por fin, sentarnos y “descansar” arrullando a los peques todo el trayecto (en algún vuelo incluso he llegado a quedarme dormida con uno en brazos!!). Sin embargo, a medida que los bebés crecen, los preparativos son cada vez más fáciles, hay menos imprevistos que controlar y los niños son más manejables y flexibles, y, sobre todo, los papis estamos más acostumbrados. Así que hemos dejado de preocuparnos por lo que viene antes de subir al avión y ahora nuestra mayor inquietud es: ¿QUÉ HACER CON ELLOS DURANTE EL VUELO?

Como los niños aún no tienen 2 años (les falta mes y medio), no pueden viajar en su propio asiento. Deben ir encima de nosotros y, la verdad, el tamaño y la energía que ostentan, unido a las estrecheces de la cabina, convierten las 2 horas y media de vuelo en un estrés permanente porque los niños, como es lógico, tampoco están cómodos con la situación, les cuesta estarse quietos, no paran de dar patadas al respaldo de delante y nosotros de llamarles la atención, se retuercen, lloran, protestan. Los paseos por la cabina son más arriesgados, porque echan a correr a la mínima, se ponen a tocar las tabletas, móviles, ordenadores y dvds portátiles de los demás pasajeros a cada lado del pasillo y el personal de cabina te mira con ojos de “por Dios sentaos ya, que así no hay quien trabaje”. Por su parte, el resto de pasajeros esboza sonrisas entre condescendientes y mecagüentó en las que se puede leer claramente “sí, si sé que lo estáis pasando fatal y lo siento por vosotros, pero ya podríais haber viajado a otra hora que no coincidiera con la mía”… En resumen, un cuadro, para ser concretos, el de “El Grito” de Munch. Todo esto me pasa porque como ya sabéis soy una mala madre que no sabe controlar a sus hijos y se me suben a las barbas.

El fin de semana pasado hicimos nuestra primera expedición turística más allá de los vuelos Gran Canaria-Asturias, fuimos a Madrid. El último viaje que habíamos hecho en avión las pasadas navidades fue una auténtica PESADILLA. Así que a la ida esta vez nos dirigimos al aeropuerto con cierto temor y muy pocas expectativas de que resultase un viaje fácil. Y no nos equivocamos nada de nada. El viaje fue un horror.

Sin embargo, se nos encendieron un par de bombillas y con unas simples medidas que no habíamos tenido en cuenta hasta ahora, la vuelta fue maravillosa. Paso a detallarlas, por si no las habíais contemplado y os pueden servir a vosotros:

Embarque: siempre llaman a las familias con niños y bebés a embarcar en primer lugar. ¡ERROR! Esto supone que tienes que sentar e inmovilizar a los gemelos (evidentemente no pueden andar correteando por los pasillos mientras el resto del pasaje se acomoda) unos 20/30 minutos antes de lo que lo harías si entraras el último. Son 20 minutos más de permanencia en el avión, de llamarles la atención, de lucha al fin y al cabo, que van caldeando el ambiente y hacen que el vuelo empiece con muy mal pie. A todo ello hay que sumar que normalmente mientras se lleva a cabo el embarque, el aire acondicionado suele estar apagado, con lo cual se pasa mucho calor. A mis hijos el calor les pone de muuuuy mal humor (por mucho que hayan nacido en Canarias, corre sangre asturiana por sus venas);

Ropa: de toda la vida (empecé a volar tarde, pero da igual) recuerdo pasar mucho frío en el avión, una vez fui con sandalias y casi me tengo que amputar los dedos de los pies por hipotermia. Pero de unos años a esta parte (¿o es sólo desde que nacieron los niños?) paso un calor infernal, sea invierno o verano. Pero da igual, no escarmiento. Me empeño en abrigar a los niños como si fuéramos a viajar en iglú. ¡ERROR! Así que, a olvidarse de bodies y camisetas térmicas. Siempre es mejor poner encima que quitar debajo. Además, cuando todavía viajan encima de ti van pegadísimos a tu cuerpo (gentileza de las compañías aéreas, que como sigan estrechando el espacio entre filas vamos a tener que ponernos a dieta dos meses antes de volar para poder caber en el asiento) y ya se sabe que no hay mejor calefacción que el calor humano. Mis niños si tienen calor, y sudan, se ponen muuuuy nerviosos, y no hay forma de que se relajen, y, por ende, de que se duerman si les toca siesta. Calor inhumano + sueño = Estrés al cuadrado;

Comidas: nos compramos un buen termo para alimentos, alto y de boca ancha, que se coloca muy bien en la bolsa de los niños y no ocupa demasiado… Dios, ¿cómo puedo haber tardado 20 meses en hacerme con uno? Aunque les vayas a dar un tarrito industrial, es una ventaja llevarlo ya preparado calentito en el termo para poder dárselo en cualquier momento. Si tienes que esperar a que el personal de cabina te lo prepare os pueden dar las uvas. Ten en cuenta que ellos se pasan todo el vuelo trabajando, y los tarritos los calientan (y encima al baño maría, que tarda dos eternidades y media) cuando pueden. Si a tus churumbeles les entra el hambre cuando están en medio del servicio a bordo, entonces igual para el aterrizaje te lo devuelven calentito, o ni eso, te lo dan templado tirando a frío, y cualquiera se arriesga a pedirles que te lo vuelvan a calentar… Es crucial adelantarse al hambre, ya que si seguimos con la ecuación anterior: Calor inhumano + sueño + hambre = Pesadilla en Elm Street. Ah! con un solo termo a nosotros nos sirve perfectamente, como te adelantas al hambre y les das cuando aún no les suenan las tripas, puedes darle primero al que llevas encima, y luego le pasas el termo al papá para que le dé al que va con él (siempre habrá pasillo de por medio, recuerda que no podéis volar los cuatro en el mismo grupo de asientos -especialmente si el vuelo va completo- por el tema de las mascarillas);

Entretenimiento a bordo: Nuestros hijos son como el día y la noche en lo que a entretenimiento se refiere. A Zipi le encantan los libros, colorear y las pegatinas. Lo de pintar es un poco arriesgado, porque aún no entiende que las obras de arte se hacen sobre el papel, y no en las paredes, o en el respaldo del asiento de delante. Así que para solventar esto me hice con un libro de colorear en el que basta con pasar un pincel mojado por encima del dibujo para que aparezca el color. No funcionó con él tan bien como esperaba, pero ahí lo dejo por si queréis probar. Además le compré un arsenal de libros de pegatinas, y con eso sí que se entretuvo un montón. A Zape le dejas la tableta o el teléfono móvil y se puede pasar todo el vuelo sin levantar la cabeza de la pantalla. Aquí os dejamos un mini listado de aplicaciones gratuitas que les encantan a los dos. Si funcionan con Zipi, tienen que funcionar con cualquier bebé:

  • Puzzles: buscad en la tienda de vuestra plataforma del móvil y seguro que encontráis un montón. Yo os digo las que me descargué, que son para iPhone. Son gratuitas, si quieres ampliar más pantallas hay que pagar, pero con las que trae da para rato:
    • Puzzle for children
    • Free Food Photo Puzzle
  • Sago Mini Ocean Swimmer (para iPad y iPhone) esta es muy divertida, es un pececito que va nadando por el mar. El niño dirige al pez poniendo el dedo sobre él, y puede ir pinchando e interactuando con las diferentes cosas que el pez va encontrando en su camino. Da para un largo rato (largo largo) antes de que el peque se canse.

Recogida de basura: Como os comentaba en esta otra entrada, toda bolsa de plástico pequeña que pasa por mis manos va a parar directamente al bolso de los niños, así que siempre tengo a mano donde meter un pañal con regalito, los tarritos de la merienda, toallitas usadas, lo que sea, porque los peques (bueno, más bien los padres) generan mucha basura. Con el poco espacio que tienes en el asiento, cada 3 segundos aparece en tu mando una tapita, bolsita, kleenex, botellín de agua, toallita o algo para tirar a la basura y a mí personalmente me pone un poco nerviosa no saber qué hacer con ello mientras tengo a un torbellino encima retorciéndose para zafarse del cinturón de seguridad o estirándose para toquetearle el móvil al pasajero de al lado aprovechando mi despiste. Así que al principio del vuelo, o a la hora de comer, saco una bolsita de plástico y la cuelgo donde pueda (en algunos aviones hay un colgador en el respaldo del asiento delantero) y voy metiendo todo lo que pasa por mis manos, y me quedo más tranquila.

Con estas simples medidas, el vuelo de vuelta fue una delicia, los niños parecían dos angelitos que no protestaron en todo el trayecto. Incluso estaban tan relajados que durmieron un buen rato al final. Desde luego si compartimos regreso con alguien que también venía en nuestro vuelo de ida, se debió de pensar que habíamos hecho un trueque de niños en Madrid.

¿Tenéis vuestros particulares truquitos, que queráis compartir con nosotras, para que vuestros peques parezcan ángeles celestiales a bordo? Help, please!

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Después de mi paso por la Universidad hice un Master en Gestión Internacional de la empresa, y es a esto, al comercio exterior, a lo que me dedico profesionalmente. Junto con mi Pantuflo, somos padres de seis. Los tres primeros no están con nosotros, habitan cada uno en una estrella. Los tres siguientes afortunadamente nos dan mucha lata: Zipi y Zape, que nacieron el mismo día, y Tamagochi, que llegó tres años después. Escribo con sinceridad, pero sin dramatizar, sobre mi realidad imperfecta, sin olvidar el sentido del humor, todo ello aderezado con un punto místico que no puedo evitar por más que me lo proponga. Soy inquieta por naturaleza, siempre tengo algún proyecto entre manos. Hablo más deprisa y en más cantidad de lo que la mayoría de las personas son capaces de procesar, así que el blogging ante todo es una terapia para mí (¡y para los que me rodean!).

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