Leía sobre una madre cuyo hijo de 12 años lleva desde los 8 siendo acosado por un grupo de compañeros… Este niño está medicado, ya no quiere ir al instituto. Sufre una depresión muy grave. Increíble que sucedan cosas como esta.

Luego pasé a leer los comentarios a esta triste noticia y se me terminó de caer el alma a los pies. Y es que, cuando se habla de problemas de comportamiento en los menores, la frase que más leo por doquier va en torno a esa “hostia a tiempo” que no dieron al menor conflictivo en cuestión, en este caso, los despiadados niños que acosaban al pobre chaval…

Vaya por delante que yo les he pegado más de un cachete y de un grito a mis hijos mayores, no voy a ir ahora de madre modelo que nunca pierde la paciencia porque mentiría. Sí, he perdido los estribos varias veces. No estoy nada orgullosa de ello.

Sin embargo, tengo clarísimo que un cachete no sirve para nada, pedagógicamente hablando. Ese cachete, ese grito, nos desahoga a nosotros, padres, en ese momento en que no somos capaces de zanjar la crisis de otra forma, que no sabemos convencer a nuestro hijo con palabras para que se siente en la mesa o se ponga los zapatos. Tenemos demasiado interiorizado culturalmente que nuestros hijos nos respetarán si nos temen. Y cuando vemos que no se someten a nuestros deseos a la primera de cambio (lo que de toda la vida venimos llamando “ser desobediente”) y no sabemos cómo lograr que hagan lo que queremos, perdemos el control, creemos que nos están retando, y nuestro cerebro se bloquea y se forma una bola de fuego en nuestra barriga que termina por explotarnos en la yema de los dedos o en la punta de la lengua.

Dar un cachete o increpar puntualmente a nuestros hijos no nos define ni nos convierte en maltratadores, tampoco vamos a fustigarnos más de la cuenta. Sin embargo, no nos excusemos en falsos pretextos educativos (del tipo “lo hago por su bien” o “más me duele a mí que a él”) y llamemos a las cosas por su nombre:

Un cachete es violencia, es maltrato, es desprecio, es insulto, y es un acto cobarde. Nunca, absolutamente nunca, es bueno ni positivo.

Se puede criar  niños educados, responsables, respetuosos, disciplinados e íntegros, sin pegarles y sin gritarles. Conozco muchas personas, adultas ya, que se han criado así y son bellísimas personas, es más, tienen un algo especial. Y si no les pegaron de pequeños no es porque estén hechos de una madera diferente y no hayan “necesitado” esas bofetadas, sino porque sus padres confiaron en ellos, les acompañaron cuando (ambas partes) no sabían controlar sus emociones. Supieron ponerse en su lugar y empatizar con sus agonías y “problemones” infantiles. Tuvieron, en definitiva, muchísima paciencia. Y, sobre todo, predicaron con el ejemplo. Esos niños se vieron reflejados en el espejo de sus padres y probablemente los adultos que son hoy día nunca darán una colleja a sus hijos, porque en sus esquemas mentales la violencia no es ni siquiera un instinto incontrolable que surge en momentos de tensión.

Estoy segura de que a muchos de esos niños despiadados que acosan, pegan, desprecian y vejan a sus compañeros de pupitre, les han dado más de una hostia (y de dos) en sus vidas. Porque los niños son buenos por naturaleza, somos los adultos quienes viciamos sus comportamientos, quienes pagamos nuestras inseguridades y frustraciones con ellos, quienes vemos la maldad y la picaresca en sus actos. Quienes queremos controlar sus comportamientos como si de robots se trataran. Esos menores maltratadores han visto violencia en sus casas, y si no, en la tele y los videojuegos que visionan, porque no hay nadie acompañándolos y supervisando los estímulos de los que se rodean desde la más tierna infancia. Porque si un niño no conoce la violencia, no la aplica, menos con tanto ensañamiento.

Cada vez que me puede la situación y se fragua la bola de fuego en mi estómago, me abstraigo, observo la situación desde arriba, pienso en mis vecinos que estarán oyendo la llantina infantil de turno o lo absurdos y desmesurados que se oyen mis gritos desde fuera. Trato de pensar si realmente la situación, el problema, merece que pegue o grite a mi hijo; me planteo si va a servir de algo el cachete; si va a ser mi hijo mejor persona el día de mañana por recibir esta torta. Si dentro de una semana tendrá importancia el motivo de la trifulca. Seguro que no es para tanto.

Y por último, me cuestiono qué pasará si no le doy ese cachete, y para esta pregunta sí tengo respuesta clara: no pasará nada… Un momento ¿seguro que no? Claro que sí, PASARÁ ALGO MUY GRANDE: me habré superado a mí misma, habré sabido manejar la situación como una adulta, y me sentiré muy orgullosa por ello. Y es entonces cuando mis hijos me respetarán (el que estaba a punto de recibir la colleja y los otros dos que están contemplando la escena).

Pensar todas estas cosas mientras tengo a tres niños gritando y llorando a mi alrededor, o que no hacen lo que yo quiero en ese momento, no es fácil, pero a base de entrenarse se consigue, y el buen sabor de boca que me queda cada vez que salgo airosa de estos trances es similar al de una batalla (de amor ¿eh?) ganada contra mí misma. A cambio me sale una cana o una arruga nueva, pero qué le vamos a hacer…

 

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Después de mi paso por la Universidad hice un Master en Gestión Internacional de la empresa, y es a esto, al comercio exterior, a lo que me dedico profesionalmente. Junto con mi Pantuflo, somos padres de seis. Los tres primeros no están con nosotros, habitan cada uno en una estrella. Los tres siguientes afortunadamente nos dan mucha lata: Zipi y Zape, que nacieron el mismo día, y Tamagochi, que llegó tres años después. Escribo con sinceridad, pero sin dramatizar, sobre mi realidad imperfecta, sin olvidar el sentido del humor, todo ello aderezado con un punto místico que no puedo evitar por más que me lo proponga. Soy inquieta por naturaleza, siempre tengo algún proyecto entre manos. Hablo más deprisa y en más cantidad de lo que la mayoría de las personas son capaces de procesar, así que el blogging ante todo es una terapia para mí (¡y para los que me rodean!).

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