Cuando se lanzó la famosa canción de La Yenca (1965) no sólo yo no había nacido, sino que mis padres eran adolescentes que ni siquiera se conocían. Pero la fama de esta canción ha trascendido generaciones y no podría explicar mejor el desarrollo de mis hijos. Es decir: izquierda, izquierda, derecha, derecha, delante, detrás, un, dos, tres…

En todos los ámbitos (alimentación, sueño, vocabulario, interacción, lloros, entendimiento…) desde que nacieron han ido así, hacían un avance de gigante y luego retrocedían, se ve que para tomar impulso, y avanzaban otro poco, y vuelta atrás, y así vamos tirando.

De todas las yencas que bailamos en nuestro hogar, si hay una en especial que inquieta, esta es la del SUEÑO… En dos vertientes:

1- El número de horas de sueño, que ha ido evolucionando en línea ascendente, con irregularidades, de repente empezaban a dormir 8 horas (hablo en plural pero en realidad cada uno tiene sus particularidades que dan para diez posts) tres días seguidos, y luego dormían cuatro a trompicones, y luego 9 horas, y luego 6… Pero cada vez han ido durmiendo más horas nocturnas (en eso ya se han estancado e incluso han ido para atrás) y sobre todo, mejor: las noches en que nos levantamos a día de hoy son muy raras (aunque haberlas, haylas).

2- La que nos trae de cabeza de verdad, y a lo que dedicamos la entrada de hoy: LA HORA DE ACOSTARSE.

¿PAN COMIDO?


En torno a los cuatro meses empezamos a acostarlos en su habitación, apenas se revolvían en las minicunas, y no había forma de cuadrar el tetris para meter dos cunas grandes en nuestro cuarto. Entonces hicimos la mudanza, y, como aún comían por la noche y yo aún no me había reincorporado al trabajo, me mudé yo con ellos. Hasta esa edad los dormíamos siempre en brazos, pero un día, que no había forma de que se entregaran a Morfeo, los acostamos en las cunas porque ya no sabíamos qué hacer y ¡paf! se quedaron dormidos solos. Y desde entonces todas las noches se dormían así. No dábamos crédito. No podía ser tan fácil.

NO, NO ES PAN COMIDO


Efectivamente, no era tan fácil. Cuando cumplieron un año, mes arriba, mes abajo, empezaron a revolucionarse y no había forma de que se durmieran en la cuna, así que volvimos a dormirlos en brazos unas semanas hasta que nuevamente se volvieron a dormir solos.

A LA RICA YENCA


Y así nos hemos pasado todo el segundo año de vida, alternando momentos fáciles con períodos críticos… Por temporadas los dormíamos en brazos, otras lloraban un rato pero en seguida se calmaban y era peor quedarse con ellos porque se alteraban mucho y tardaban mucho más en caer rendidos. Algún que otro día, y de pura desesperación, hemos dejado a alguno llorando hasta que se dormía… Y así hemos ido tirando…

LOS TERRIBLES DOS


Pero ahora, con dos años, la hora de irse a dormir es todo menos fácil. Porque ¡han aprendido a salirse de las cunas! Así que la táctica de dejarlos a su suerte ya no funciona, porque aparecen por el salón como si no fuera con ellos la cosa. ¡El primer día que lo hizo Zape nos dio un susto de muerte! Porque encima el tío es muy sigiloso y ni te enteras de que se ha salido de la cuna hasta que se nos presenta sonriendo como un fantasmilla travieso.

A todo esto hay que añadir el factor gemelar, que hace que los niños se alteren uno con otro. Se ponen a saltar en la cama, a perseguirse dando vueltas alrededor de una de las cunas, a cantar, a reirse… Acaban sudando como si estuvieran en una sesión intensa de spinning. Y mientras tú cantas una nana, no para arrullarlos, sino para mantener tú misma la calma. ¿Leer a los niños antes de dormir? ¡Tendría que atarlos primero!

Apagas la luz. Poco a poco se van calmando los ánimos y dejan de gritar, saltar y reirse. Consigues meterlos en la cuna como puedes… ¿Y ahora qué? Si sales del cuarto, van detrás de ti. En brazos ya no podemos dormirlos porque nuestra espalda no da para más. Así que nos quedamos con ellos en el cuarto. Bueno, me quedo yo. El día que le toca acostarlos al papá, los deja y se va, hay días que funciona, y días que tengo que volver yo al cuarto a quedarme con ellos porque Zape no para de levantarse una y otra vez. Con lo que además tenemos ración extra de fricción conyugal…

A la hora de la siesta directamente hemos optado por dormirlos en el carrobús dando un paseo, meterlos en la cuna es una utopía y necesitamos mantener intacta hasta la noche nuestras cada vez más exigua reserva de paciencia diaria.

No me quiero imaginar cuando los pasemos a las camas.

Y tampoco me apetece seguir ningún método de “adiestramiento”.

De momento aguantamos con paciencia y seguimos bailando a ritmo de yenca… ¿Cómo será la semana que viene?

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Después de mi paso por la Universidad hice un Master en Gestión Internacional de la empresa, y es a esto, al comercio exterior, a lo que me dedico profesionalmente. Junto con mi Pantuflo, somos padres de seis. Los tres primeros no están con nosotros, habitan cada uno en una estrella. Los tres siguientes afortunadamente nos dan mucha lata: Zipi y Zape, que nacieron el mismo día, y Tamagochi, que llegó tres años después. Escribo con sinceridad, pero sin dramatizar, sobre mi realidad imperfecta, sin olvidar el sentido del humor, todo ello aderezado con un punto místico que no puedo evitar por más que me lo proponga. Soy inquieta por naturaleza, siempre tengo algún proyecto entre manos. Hablo más deprisa y en más cantidad de lo que la mayoría de las personas son capaces de procesar, así que el blogging ante todo es una terapia para mí (¡y para los que me rodean!).

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