Desde hace 6 años vivo en una ciudad, Las Palmas de Gran
Canaria, que me ha acogido como una más desde el primer día. Sus habitantes
son, en general, personas encantadoras, solidarias y tremendamente sociables.
Esto implica que en cualquier momento y situación acabas hablando de tu vida
con personas que no conoces de nada y que probablemente nunca más vayas a ver
en tu vida. A mí, que hablo por los codos, me encanta charlar amigablemente
hasta con las paredes, así que estoy en mi salsa. Cada vez que salgo a la calle
con mis hijos, dos de cada tres personas (por no decir tres de tres) con las
que me cruzo tienen un comentario amable, una sonrisa o unas palabras de halago
para mis niños y, qué queréis que os diga, ¡me encanta! Me hincho como un pavo
y me paro a hablar con cualquiera porque se me llena la boca hablando de mis
hijos.
Como todo en la vida, siempre hay un lado no tan bueno de las
cosas. El lado menos bueno de la afabilidad de la gente, es que siempre hay
algún/a cotilla inflitrado/a que te pregunta más de la cuenta. Y hay una
pregunta en concreto a la que muy probablemente os vais a tener que enfrentar y
no siempre resultará agradable plantar cara: “¿Tus hijos son de tratamiento?”.
Y digo yo… ¡QUÉ MÁS DARÁ! Sinceramente, la parte que menos mérito tiene de
traer al mundo gemelos es la forma en que son concebidos. La concepción, sin
quitarle la importancia vital que tiene, se produce en un momento, en unos
segundos, de hecho si es mediante tratamiento es mucho más meritoria por todo
lo que se ha de pasar previamente. Pero en los aspectos más cruciales para la
madre y el padre, que son el embarazo, parto y crianza, no hay ninguna
diferencia entre los bebés “espontáneos” y los que han sido fruto de un
tratamiento.
Dicho esto, también añado, ¿nunca antes ha habido gemelos?
¿No hay también bebés “individuales” fruto de tratamiento y a sus papás no les
preguntan? Es cierto que una de las principales causas de que haya incremento en el número
de partos gemelares es precisamente esta, pero no es la única. Y en cualquier
caso no me parece una pregunta oportuna para hacer a alguien que no conoces de
nada. Entendería que viniera de unos padres que están atravesando problemas de fertilidad y te pregunten más que nada por si les puedes ayudar o servir de
referencia. Pero da la casualidad de que quienes me lo han preguntado a mí ha
sido por puro morbo. De hecho muchas personas lo dan por supuesto sin
preguntarme. Recientemente me vi en una conversación muy divertida porque la
otra persona daba por supuesto que me había sometido a tratamiento y al
explicarle que no, que habían sido por el método tradicional, no me creyó, incluso
dudo de que al finalizar la conversación se haya quedado convencido.
Sinceramente, no me importa mucho lo que piensen sobre el origen de mis niños
ni me molesto en convencer a nadie sobre el método por el que vinieron a este
mundo.

Me gusta poner humor a todo en la vida, así que os cuento
esto por si os apetece preparar un arsenal de respuestas divertidas para
“quedaros” con quien os pregunte. Da igual cómo hayan sido “fabricados”
vuestros nenes, desde las dos perspectivas se le puede añadir mucha guasa e
ingenio.

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Después de mi paso por la Universidad hice un Master en Gestión Internacional de la empresa, y es a esto, al comercio exterior, a lo que me dedico profesionalmente. Junto con mi Pantuflo, somos padres de seis. Los tres primeros no están con nosotros, habitan cada uno en una estrella. Los tres siguientes afortunadamente nos dan mucha lata: Zipi y Zape, que nacieron el mismo día, y Tamagochi, que llegó tres años después. Escribo con sinceridad, pero sin dramatizar, sobre mi realidad imperfecta, sin olvidar el sentido del humor, todo ello aderezado con un punto místico que no puedo evitar por más que me lo proponga. Soy inquieta por naturaleza, siempre tengo algún proyecto entre manos. Hablo más deprisa y en más cantidad de lo que la mayoría de las personas son capaces de procesar, así que el blogging ante todo es una terapia para mí (¡y para los que me rodean!).

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