Pues no, cuando yo pensaba que ya sí, resulta que no, aún no
he superado el SDP. ¿O es algo más?

Este año se cumple una década de nuestra promoción de la
carrera… Oh Dios, ¡cómo pasa el tiempo! Y en la Universidad organizaron un sarao,
que daba un poco igual, pero resulta que todas mis amigas se iban a reunir en
Madrid. Y yo, que siempre falto a todo porque vivo muy lejos, no quería ser
menos. Así que hice encaje de bolillos y me saqué un billete a Madrid, sólo una
noche fuera. Estaba super ilusionada con ver a todas, y sorprendida conmigo misma por haber tomado la iniciativa.
Pero ya el día antes de salir empecé a sentir ese cosquilleo
en el estómago, esa sensación de vértigo, ese “observar” a mis niños como si
fuese la última vez que les iba a ver. 
Llegó la noche, los acosté en sus cunas y me quedé más rato de lo
habitual con ellos, jugando, cantando entre susurros, observando sus risas sin
querer perderme ningún detalle.

Y llegó la mañana, nos despertamos, biberones, canciones…. Y
me tenía que ir… NO QUERÍA. No, definitivamente no he superado el SDP. Mis
amigas me decían para animarme que no me sintiera culpable, que no soy mala madre ni mucho menos por irme un par de días. En realidad no es culpa lo que sentía, me he dado cuenta de que, simplemente, no me apetece separarme (tanto) de ellos. Sé que se quedan en buenas manos cuando me voy, y que no me echan de menos. No es por ellos, es por mí.
En el aeropuerto, a punto de embarcar, llamé a mi madre y le pregunté si alguna vez se supera esta
sensación de ahogo cada vez que me separo (tanto) de ellos Y su sabia respuesta fue:
“no hija, simplemente se aprende a vivir con ello”. Mi madre tiene a su hijo en
Francia y a su hija en Canarias. 
Así que creo que esta sensación nunca la voy a superar, me
acostumbraré a estar sin ellos, a dejarlos volar cuando quieran. Pero
siempre me van a faltar, cada segundo que no estemos juntos (o más bien, que estemos separados a una distancia no razonable). Cómo puede ser… He vivido 31 años sin conocerles y en 20 meses han puesto todo
patas arriba, y ahora ya no sé quién era yo, ni qué hacía con mi tiempo cuando
no tenía que ocupar mi cuerpo y mi mente (sobre todo esta) en ellos las 24 horas del día. Es como si toda mi vida hubiera sido un camino hacia a ellos. 
El viaje fenomenal, lo pase genial, me encantó ver a mis amigas y disfrutar de su compañía como hace más de 10 años, cuánto las
echo en falta. Fue muy breve, pero intenso, lleno de tantos recuerdos de nuestros años universitarios. Cuánto las quiero. De los niños me acordé, claro que sí, pero no lo pasé mal.
Algunas amigas mamás me dicen que se sienten “malas madres” cuando digo todo esto de que no me puedo separar de ellos, porque ellas no lo sienten así. Nooooooo. No se trata de ser buena o mala madre, en nuestra entrada No sin mis hijos, o sí… se ve claramente la disparidad de puntos de vista entre Elena y yo, y las dos somos buenas madres, todas lo somos. Simplemente es que cada una lo vivimos de manera diferente, ninguna es mejor o peor. La suerte que tenemos las mamás del siglo XXI es que podemos expresarnos libremente y buscar el equilibrio en nuestra vida. La mejor forma de hacer felices a nuestros hijos es siendo felices nosotras en primer lugar, ya sea pegadas a ellos como sellos (que tampoco sé si es bueno), o buscando nuestros espacios. Y bueno, yo paso al día 6 horas separada de ellos mientras voy a trabajar, y la verdad es que lo necesito, y lo agradezco un montón. Si mi ocupación fuera dedicarme en exclusiva a ellos, probablemente otro gallo cantaría.

Y vosotras, ¿cómo vivís las separaciones de vuestros peques?

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Después de mi paso por la Universidad hice un Master en Gestión Internacional de la empresa, y es a esto, al comercio exterior, a lo que me dedico profesionalmente. Junto con mi Pantuflo, somos padres de seis. Los tres primeros no están con nosotros, habitan cada uno en una estrella. Los tres siguientes afortunadamente nos dan mucha lata: Zipi y Zape, que nacieron el mismo día, y Tamagochi, que llegó tres años después. Escribo con sinceridad, pero sin dramatizar, sobre mi realidad imperfecta, sin olvidar el sentido del humor, todo ello aderezado con un punto místico que no puedo evitar por más que me lo proponga. Soy inquieta por naturaleza, siempre tengo algún proyecto entre manos. Hablo más deprisa y en más cantidad de lo que la mayoría de las personas son capaces de procesar, así que el blogging ante todo es una terapia para mí (¡y para los que me rodean!).

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