A día de hoy no podría decir que tengo inclinación por ninguno de mis hijos (y si la tuviera creo que me costaría mucho reconocerlo en voz alta). Son muy diferentes, e intento dedicarles el tiempo individual que necesitan haciendo lo que más le gusta a cada uno, aunque esto, ya sabemos, es imposible, pero se intenta. Al papá le sucede exactamente igual que a mí, siente predilección por los dos, cada uno con sus particularidades.

No puedo decir lo mismo de sus abuelos.
Desde el minuto cero de vida, la abuela paterna se inclinó por Zipi, que, aunque está mezclado, tiene más rasgos de la familia de su padre. Cada vez que llegaba a casa, ella se iba directa a cogerlo en brazos, cuando llamaba por teléfono era el primero por el que preguntaba, si estaba a la hora de la comida, le daba de comer a él. Se pasaba largo rato observándolo y diciendo lo mucho que se parecía a su papá cuando era bebé. A mi la situación me incomodaba, hasta que comprendí que ella lo hacía inconscientemente, y de hecho la pobre se esforzaba mucho por prestar la misma atención a su hermano, pero no le salía natural.

Lo mismo sucedió con el abuelo materno y Zape, que curiosamente guarda un gran parecido con mi hermano. Mi padre siempre lo dormía en brazos, estaba muy pendiente de él, quería enseñarle todo, y repetía su nombre 10 veces por minuto y en alguna ocasión incluso llegó a decirle a Zipi cosas del estilo: “mira qué bueno es tu hermano”, lo cual me ponía el vello de punta.

Yo no sabia muy bien cómo manejar estas situaciones. Me preocupaba que el día de mañana mis hijos notasen esas inclinaciones y cada uno no quisiera ir a la casa de los abuelos en la que no era el favorito (teniendo en cuenta que para visitar a los abuelos maternos tienen que hacer un largo viaje, esto me preocupaba más aún). Intenté decírselo a cada uno de los abuelos de buenas maneras, pero la reacción por ambas partes siempre era de sorpresa y me respondían que querían a los dos por igual. Lo hablé con el resto de la familia y todos observaban lo mismo que yo, así que no eran cosas mías. Al final lo di por imposible y decidí no hacer nada, simplemente prestar un poco más de atención al “no favorito” en cada ocasión. Tenía miedo de que precisamente por mi actitud los niños se dieran cuenta, cuando fueran más conscientes de las cosas, de esa predilección que de otra manera tomarían como normal porque siempre había sido así. En resumidas cuentas, temía que fuese precisamente mi actitud hostil, más que el propio favoritismo los abuelos, la que despertase recelo en los pequeños.

Y entonces sucedió algo muy curioso. A medida que los niños han ido creciendo, cada uno se esforzaba en “meterse en el bolsillo” al abuelo del que no era favorito. Zape siempre quería estar en brazos de su abuela paterna, la buscaba todo el rato y se le echaba al cuello, incluso si estábamos las dos, prefería su regazo al mío. Zipi, por su parte, le dedicaba sonrisas irresistibles a su abuelo materno, le señalaba con el dedo, le buscaba para jugar y disfrutaba más que su hermano subiéndose a caballito con él. Y, como no podía ser de otra forma, cada abuelo cayó rendido ante su “no favorito” inicial y, para gran alivio mío, todo se fue equilibrando. A día de hoy, con dos años, no hay ninguna diferencia de trato de los abuelos, que están enamorados de los dos por igual de forma natural.

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Después de mi paso por la Universidad hice un Master en Gestión Internacional de la empresa, y es a esto, al comercio exterior, a lo que me dedico profesionalmente. Junto con mi Pantuflo, somos padres de seis. Los tres primeros no están con nosotros, habitan cada uno en una estrella. Los tres siguientes afortunadamente nos dan mucha lata: Zipi y Zape, que nacieron el mismo día, y Tamagochi, que llegó tres años después. Escribo con sinceridad, pero sin dramatizar, sobre mi realidad imperfecta, sin olvidar el sentido del humor, todo ello aderezado con un punto místico que no puedo evitar por más que me lo proponga. Soy inquieta por naturaleza, siempre tengo algún proyecto entre manos. Hablo más deprisa y en más cantidad de lo que la mayoría de las personas son capaces de procesar, así que el blogging ante todo es una terapia para mí (¡y para los que me rodean!).

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