Ser padres primerizos de mellizos tiene algunas desventajas, pero entre las cosas buenas, para mí sin duda la mejor es la tranquilidad que te da comprobar que da igual lo que tú hagas, tus hijos van por su camino. Y eso me ha dado paz, y, sobre todo, seguridad en mi misma. (Y en ocasiones, perdonadme la maldad, me ha dado mucha risa cuando escucho a otras madres/padres dando lecciones de lo que hay que hacer para conseguir que tus hijos hagan esto o lo otro… Hasta que les llega el segundo y se les van todas las teorías al traste).

Cuando nacieron mis niños yo quería ser la mejor madre del mundo. No la mejor en términos comparativos con otras madres, sino la mejor versión de mí misma como madre… Sufría por cualquier cosa, por si los niños lloraban demasiado y no los atendía como es debido, por no poder dedicarme de pleno a ninguno de ellos… El sentimiento de culpa estaba siempre a la vuelta de la esquina acechándome. Me preguntaba si acaso no eran niños tan llorones y demandantes porque yo había pasado mucha angustia y miedo en el embarazo y se lo había transmitido… Me lamentaba hondamente por no haberles dado el pecho… Y un largo etcétera.

Poco a poco los niños han ido creciendo y el hecho de que sean dos me ha servido para comprender que hay muchas cosas que se nos escapan como padres. Podemos inculcar valores a nuestros hijos, enseñarles a pedir las cosas por favor y dar las gracias, concienciarles para que sean personas íntegras y honestas, ayudarles a sacar lo mejor de sí mismos… Es decir, podemos enseñarles actitudes. Pero no podemos cambiarles. Cada niño es un mundo, lo lleva en sus genes, y hay cosas, muchas, que no dependen de lo buena o malamadre que seas.

Hace unos meses comentaba sorprendida lo bien que habían llevado mis hijos el aterrizaje en la guardería, en lo que a virus se refiere, porque en los tres primeros meses que fueron apenas enfermaron… ¡¡¡Ay bocachancla!!! Fue decirlo, y entrar en una espiral de virus malignos que nos atacan sin piedad. ¿Alguien sabe cuándo termina la temporada de virus, así en general? ¿Cuándo dejan de cebarse con las pobres criaturas?

Pues el caso, que, como en todo, con las enfermedades mis hijos no son una excepción y son taaaan diferentes. Por cada vez que se pone malo Zape, Zipi se enferma dos (o tres). El pobre tiene un radar caza virus y bacterias y atrapa no sólo los de su clase, sino también los de la de su hermano, que sale airoso de casi todas. Y digo yo, si los niños comen lo mismo, llevan el mismo tipo de vida, reciben el mismo cariño, las mismas vitaminas, las mismas galletas, las mismas vacunas y las mismas verduras… Los dos se criaron con leche de fórmula… ¿Por qué uno atrapa todo virus que se cruza por su camino y el otro no?

Y así es con todo. Si yo les enseño a ordenar después de jugar con los juguetes, ¿por qué uno lo deja todo siempre recogido y al otro hay que decírselo cuarenta veces? ¿Por qué a uno le gusta leer y el otro sólo piensa en coger el móvil/ipad o cualquier cachivache tecnológico a la mínima que puede?

Pues porque los genes mandan… Mucho… Nos condicionan. Y como padres, creo que lo único que nos queda es ayudar a nuestros hijos a que sean la mejor versión de sí mismos.

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Después de mi paso por la Universidad hice un Master en Gestión Internacional de la empresa, y es a esto, al comercio exterior, a lo que me dedico profesionalmente. Junto con mi Pantuflo, somos padres de seis. Los tres primeros no están con nosotros, habitan cada uno en una estrella. Los tres siguientes afortunadamente nos dan mucha lata: Zipi y Zape, que nacieron el mismo día, y Tamagochi, que llegó tres años después. Escribo con sinceridad, pero sin dramatizar, sobre mi realidad imperfecta, sin olvidar el sentido del humor, todo ello aderezado con un punto místico que no puedo evitar por más que me lo proponga. Soy inquieta por naturaleza, siempre tengo algún proyecto entre manos. Hablo más deprisa y en más cantidad de lo que la mayoría de las personas son capaces de procesar, así que el blogging ante todo es una terapia para mí (¡y para los que me rodean!).

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