He aquí una muestra de los diversos objetos que mi par toma por juguetes. Faltaría aquí una categoría tan importante como difícil de plasmar, que son los juguetes de los demás, o todo aquello que pillan a su alcance que no quieres que cojan.

En la foto se pueden ver todo tipo de objetos que no son juguetes y que preferimos que no cojan (creo que por eso les gustan tanto, y es que ya desde pequeños nos atrae lo prohibido…), aunque la mayor parte de las veces no llegamos a tiempo de evitarlo: zapatillas, un manojo de llaves, los paquetes de toallitas (cómplices en esas luchas titánicas que suponen los cambios de pañal), el móvil o el teléfono fijo inalámbrico, que utilizan para marcar los números recientes dando lugar a algún que otro susto de los abuelos.

Además hay otros enseres que hemos convertido en juguetes: una botella de plástico con garbanzos dentro (con el tapón bien enroscado), un bote de Pringles y otro de Colacao vacíos, un mando que ya no utilizamos al que hemos quitado las pilas y botes de crema vacíos (no hay “mordedor” que les guste más).

Al principio me preguntaba por qué mis hijos no hacían mucho caso, salvo honrosas excepciones, a los juguetes que les he ido comprando o les han regalado, y por qué cuando llegan al parque se les van los ojos y las manos a todo aquello que no es suyo. Comentándolo con otras madres, me he dado cuenta de que no es tan raro.

Mi (in)experiencia no alcanza a saber hasta cuándo dura este comportamiento. De momento, a día de hoy, y en mi caso particular, me he dado cuenta de que no merece la pena gastar mucho dinero en juguetes, vamos rotando y sacando en días alternos los cuatro que les gustan mientras ellos se entretienen con los de la fotografía.

Ana

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Después de mi paso por la Universidad hice un Master en Gestión Internacional de la empresa, y es a esto, al comercio exterior, a lo que me dedico profesionalmente. Junto con mi Pantuflo, somos padres de seis. Los tres primeros no están con nosotros, habitan cada uno en una estrella. Los tres siguientes afortunadamente nos dan mucha lata: Zipi y Zape, que nacieron el mismo día, y Tamagochi, que llegó tres años después. Escribo con sinceridad, pero sin dramatizar, sobre mi realidad imperfecta, sin olvidar el sentido del humor, todo ello aderezado con un punto místico que no puedo evitar por más que me lo proponga. Soy inquieta por naturaleza, siempre tengo algún proyecto entre manos. Hablo más deprisa y en más cantidad de lo que la mayoría de las personas son capaces de procesar, así que el blogging ante todo es una terapia para mí (¡y para los que me rodean!).

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