No lloro de pena, desdicha ni amargura. Ni porque sea una floja o una desagradecida de la vida. No lloro de dolor (bueno, a veces sí…).

Lloro porque acabo de aterrizar de un largo viaje que ha durado nueve meses. Ahora toca volver a viajar sola, como todos hacemos en la vida. Mi pequeño compañero de viaje y yo ya nunca más volveremos a ser uno. Y por eso lloro. Y porque nos estamos conociendo, y a veces no nos entendemos.

Lloro porque dar vida es algo muy intenso y muy bello. No importa cuántas veces lo vivas, cada vez es nuevo y sobrecogedor. Es algo tan grande que no se puede asimilar de golpe. Y exige mucha responsabilidad, y desborda. Y por eso lloro. Y me río. Y me enfado. Por momentos no sé quién soy.

No tengo depresión. No necesito vitaminas ni visitar a ningún médico. No me pasa nada raro.

Sólo necesito tiempo para que este aterrizaje se produzca de la forma más suave posible.

No pido que lo entiendas, sólo que lo respetes y me dejes llorar. Todo regresa a su sitio. Todo vuelve a su estado inicial. Mientras lo hace, yo sólo lloro, a la vez que pienso en lo afortunada que soy por poder tenerlo entre mis brazos.

 

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Después de mi paso por la Universidad hice un Master en Gestión Internacional de la empresa, y es a esto, al comercio exterior, a lo que me dedico profesionalmente. Junto con mi Pantuflo, somos padres de seis. Los tres primeros no están con nosotros, habitan cada uno en una estrella. Los tres siguientes afortunadamente nos dan mucha lata: Zipi y Zape, que nacieron el mismo día, y Tamagochi, que llegó tres años después. Escribo con sinceridad, pero sin dramatizar, sobre mi realidad imperfecta, sin olvidar el sentido del humor, todo ello aderezado con un punto místico que no puedo evitar por más que me lo proponga. Soy inquieta por naturaleza, siempre tengo algún proyecto entre manos. Hablo más deprisa y en más cantidad de lo que la mayoría de las personas son capaces de procesar, así que el blogging ante todo es una terapia para mí (¡y para los que me rodean!).

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