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Tenía esta entrada en borrador desde hace mucho tiempo, y justo esta semana he leído esta otra, que me encantó, del blog Batallitas de Mamá, así que desempolvé el borrador, le di un poco de forma, y aquí va.

A quienes tenéis gemelos idénticos o mellizos del mismo sexo, supongo que, como a mí, os habrán dicho más de una vez aquello de “qué pena que no te haya tocado la parejita“… (ni que esto fuera el euromillón, oiga…).

Recuerdo la primera vez que me lo dijeron, me sentó muy mal y no supe qué responder. Porque aquella mujer me lo dijo con mucho sentimiento, casi como si fuese una especie de desgracia haber tenido dos bebés del mismo sexo (y encima varones). Después de tres embarazos perdidos, quedarme a la cuarta de gemelos me pareció un milagro, conseguir pasar de las 15 semanas un hito, alcanzar el tercer trimestre algo increíble, y llegar a término algo impensable. Con muchos sustos de por medio, nacieron mis niños, sanos, enormes, llorones. ¿En serio era una mala suerte que fueran dos niños?

Es curioso cómo, según la cultura y la época de la historia, varían las preferencias sobre el sexo de los recién nacidos. En la España de principios de siglo XX (y no digamos si nos remontamos siglos atrás) tener una hija era una carga, porque había que procurarle buen marido, y desembolsar una buena cantidad de dinero con su ajuar y su dote. Sin ir tan lejos en el tiempo, la política del hijo único, instaurada en China en 1978, denotó el interés en muchos casos por tener hijo varón, dando lugar a multitud de abandonos de recién nacidas hembras.

Personalmente no comparto la fijación por la parejita, ni siquiera en hermanos de diferentes edades. Y no sé si tras esa preferencia subyace el tener un hijo de cada sexo o el tener al menos una niña. Y es que me da la sensación de que, hoy día en España, hay un creciente interés por tener al menos una niña. Cuando discuto sobre esto con mi entorno (especialmente con quienes no han tenido niñas, sino sólo machotes), me dicen que las niñas “acompañan más”, son más familiares, más cariñosas y están más junto a sus padres de mayores.

Creo que sí existen diferencias entre hombres y mujeres en base a su sexo, está demostrado que tenemos el cerebro estructurado de diferente manera. Sin embargo, estoy convencida de que estas diferencias son más de formas de expresarse que de sentir. Por frivolizar, y tirando de estereotipos, puede que los hombres no necesiten llamar a un amigo cada vez que les pasa algo para contárselo, ni decir 5 veces al día lo mucho que quieren a su mujer o a su madre o a sus hijos. Puede que no le den tantas vueltas a los problemas, ni lloren a lágrima viva la pérdida de un embarazo, ni exterioricen su sufrimiento. Sin embargo esto no significa que no sientan amor, dolor o ternura al igual que lo sentimos nosotras, simplemente lo expresan de otra manera.

Me vienen a la mente muchos ejemplos de hombres que se han ocupado de sus padres mayores y de mujeres que han pasado de ellos, y viceversa, a partes iguales. A lo mejor los hombres comprometidos a los que me refiero llegan a casa sus padres y no se comen su madre a besos nada más verla (o sí) pero le demuestran el cariño de otra forma mucho más importante y efectiva: estando ahí y preocupándose de su bienestar.

En fin, que no es porque me hayan tocado dos bichillos con cola en la lotería de la reproducción, pero sinceramente creo que todas las diferencias de responsabilidad y compromiso que se pretenden atribuir a hombres y mujeres no son más que fruto de la cultura machista que, por suerte, a día de hoy, está en feliz peligro de extinción (o eso quiero creer). Si mis hijos ven que su padre es cariñoso con ellos, los baña, cambia pañales, les prepara la cena, los lleva al parque y procura estar todo el tiempo que puede en su compañía, ellos a su vez harán lo mismo con sus hijos el día de mañana, porque les parecerá lo normal. Y si mis hijos ven que su padre es atento con su madre, se preocupa por ella, la cuida y la trata con respeto, harán lo mismo el día que tengan una pareja a su lado. Y si ven que su padre se preocupa de llamar a sus padres todos los días (aunque sean conversaciones de 20 segundos) para ver como están, de estar con ellos los fines de semana y en general está pendiente a diario de su bienestar, supongo que el día de mañana ellos harán lo mismo con nosotros. Y si no hacen todas estas cosas, me dará mucha pena, pero no puedo esperar que se comporten en su edad adulta como yo quiero, tendrán que elegir sus caminos. Y, en cualquier caso, su comportamiento cariñoso, cercano y respetuoso (o no)  para con los demás no estará regido por lo que tienen entre las piernas, sino por lo que hay dentro de su cabeza y de su corazón.

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Después de mi paso por la Universidad hice un Master en Gestión Internacional de la empresa, y es a esto, al comercio exterior, a lo que me dedico profesionalmente. Junto con mi Pantuflo, somos padres de seis. Los tres primeros no están con nosotros, habitan cada uno en una estrella. Los tres siguientes afortunadamente nos dan mucha lata: Zipi y Zape, que nacieron el mismo día, y Tamagochi, que llegó tres años después. Escribo con sinceridad, pero sin dramatizar, sobre mi realidad imperfecta, sin olvidar el sentido del humor, todo ello aderezado con un punto místico que no puedo evitar por más que me lo proponga. Soy inquieta por naturaleza, siempre tengo algún proyecto entre manos. Hablo más deprisa y en más cantidad de lo que la mayoría de las personas son capaces de procesar, así que el blogging ante todo es una terapia para mí (¡y para los que me rodean!).

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