Ser mamá de gemelos no es apto para tímidas. Si nos lees felizmente embarazada de gemelos y te consideras vergonzosa, tranquila, verás que poco a poco va a ir desapareciendo de tu vida, y cuando te quieras dar cuenta, ya no te pondrás colorada más que de sofoco por correr detrás de los retoños. El refrán que más he escuchado desde que nacieron los gemelos es “quien tiene hijos no pasa vergüenza”. Nunca antes lo había oído, no sé si porque es algo que sólo se dice en Canarias y como llevo aquí poco tiempo no lo había escuchado, o es porque nunca me había hecho falta antes tirar de este dicho, pero el caso es que para mí aplica a la perfección. No obstante, también debo reconocer que nunca me he caracterizado por ser una persona tímida o que tuviera mucha vergüenza (Elena puede dar fe de ello).

Ya en las últimas semanas de embarazo empecé a notar miradas continuas sobre mi tripón, y a ser el centro de atención, objeto de todo tipo de comentarios, desde condolencias hasta preguntas del tipo “ahí llevas más de uno, ¿verdad?”. Finalmente, la poca vergüenza que aún continuaba en mí se quedó en el paritorio el día que nacieron mis hijos.

Aunque ya he comentado en alguna ocasión que mi parto terminó en cesárea, completé la dilatación y estuve cuatro horas en expulsivo. En esas cuatro horas, la sala de partos era como una feria, de personal entrando y saliendo, en la que en alguna ocasión llegó a haber ¡diecisiete! personas, aparte del papá y yo, mirándome las entrañas en esa posición tan incómoda como antiestética en la que nos ponen a las parturientas, patas arriba completamente abiertas dejando expuesto lo más íntimo de nosotras. Ese día, definitivamente perdí el poco sentido del ridículo que me quedaba. Por cierto, menos mal que me habían advertido de que el parto sería así, porque si no habría pensado que algo no iba bien.

Esta situación fue el preludio, una especie de rito inaugural, de lo que vendría después, en el día a día con los gemelos. Cada vez que sales a la calle eres el blanco de todas las miradas (no me quiero imaginar lo que debe de ser Elena con sus cuatro vástagos…). Hay personas que simplemente te miran, otras que te sonríen y exclaman “¡qué lindos!”, otras que se paran a mirar a los niños y hablar contigo, a contarte que también tuvieron gemelos hace 30 años (estas son las que más me gustan) o que ellos mismos lo son, otros papás que están pasando por lo mismo ahora, o que están “embarazados” de múltiples… Y hay también un grupo de personas que dicen tonterías de diferente índole, desde “ay mujer qué pena que son dos niños” (en lugar de la parejita) hasta las más graciosillas (o ignorantes) que exclaman a tu paso cosas como “pobrecita”, “yo me muero si me pasa” o “qué horror”. El caso es que eres el centro de atención en muchas situaciones.

Además de esa vergüenza a ser continuamente observada, hay otras vergüenzas que ni me habría imaginado que iba a superar con tanta facilidad. Algunas de ellas, la mayoría, han supuesto incluso una liberación. A saber:

No usar maquillaje: Nunca me he maquillado demasiado, pero para mí era impensable salir a la calle sin mi corrector de ojeras, mis polvos iluminadores para darme color, la raya en los ojos y un poquito de colorete. El día que no usaba esto (típico día tedioso en casa…) me veía horrible y ni salía a por una barra de pan con semejante careto. Hoy en día me siento estupenda, porque ni me miro. Salir de casa con dos requiere tanta logística que ni me acuerdo de revisarme en el espejo. A ver, que no digo yo que nunca haya vuelto a usar nada de maquillaje, pero los días que no lo hago no me siento incómoda en absoluto;

No estar bronceada: encima viviendo en Canarias, inimaginable. Antes de vivir aquí, todos los veranos me daba unas sesioncillas de rayos UVA para no llegar a la playa con aspecto lechoso (soy más blanca que una pared encalada), me moría de vergüenza (o de horror) si tenía que ponerme un bikini sobre mi piel reflectante. Cuando me establecí en Las Palmas hace seis años vivía en un bronceado continuo (menos la cara, que soy como un fantasma, pero lo solucionaba con toallitas autobronceadoras). Ahora estoy blanca como la leche y no me veo tan mal;

Usar bañador en la playa: ¿bañador? ¿pero eso se sigue fabricando? Pues sí, me he pasado a esta prenda que, afortunadamente para mí, está de moda, por lo que hay un poco más de variedad que antes (¿o será que antes no reparaba en su presencia en las tiendas?). Con el tiempo me he comprado alguno mono y tankinis (gran invento, por cierto), pero al principio iba con bañadores del decathlon, de los de natación. En otra época me habría cortado una oreja antes que ir a la playa con un bañador, y las dos orejas y el rabo antes que ir encima con uno de natación que no puede ser más antiestético. Pues ahora me da exactamente igual, no siento ni un ápice de vergüenza por usarlos;

Disimular la barriga: me he recuperado bastante bien de casi todo, como ya contaba en La recuperación física tras el embarazo gemelar. Pero mi barriga es prominente, teniendo en cuenta que me he quedado escuchimizada. Poco a poco sigue encogiendo, y vestida (con ropa bien elegida) prácticamente no se nota (el día que no escojo bien la ropa se debe de notar bastante, porque en las últimas semanas me han preguntado un par de veces si estoy embarazada O_O). Desde luego para mi “yo” pregemelos, habría sido un quebradero de cabeza, porque estaba quam tabula rasa, incluso con abdominales marcados (o eso me decían) y la mínima barriguita que me salía cuando me iba a venir la regla me horrorizaba y yo venga a meter tripa y disimularla a toda costa;

No usar tacones: a ver, que tampoco he sido esa gran usuaria de tacones, siempre me han resultado más martirio que otra cosa. Pero había modelos que sí o sí había que lucir sobre 8 o 10 centímetros adicionales, para estilizar piernas. Inimaginable ir de plano con según qué prendas… Pues ahora los tacones me los pongo por temas laborales (el trabajo es la única parcela en la que vuelvo a mi “yo” pregemelar, algunos días incluso con máscara de pestañas, pendientes y tacones incluídos) y en cuanto puedo me los quito maldiciendo en arameo…

No usar pendientes: no soy muy de alhajas, pero los pendientes eran algo imprescindible sin lo que no concebía salir a la calle (junto con el antiojeras más arriba mencionado). Cuando nacieron los niños empecé a usar siempre los mismos, unos de bola plateada, y me olvidé de los de colgar, que a mis hijos les parecían muy divertidos de agarrar y tirar. Hace unas semanas perdí uno de los pendientes y desde entonces directamente no me pongo nada en las orejas (salvo para el trabajo), y tan ricamente…

Tener la casa hecha un completo desastre: la frase más repetida por el papá en las últimas semanas es “la mierda nos come”. A ver, que la casa no está sucia, pero mantenerla ordenada con dos torbellinos es poco menos que imposible si quieres tener algo de vida (escribir en un blog, tocar el piano, cocinar o hacer tus pinitos como costurera) mientras los niños duermen. No hay tiempo para todo. Así que lo he asumido. Los primeros meses pedía disculpas cuando alguien venía a casa, ahora ya ni me molesto. Si alguien pasa más de 10 minutos en mi casa entiende por qué está así. Somos muy felices (menos el papá cuando le da la neura “ordenadora”…).

¿Y lo mejor de todo? El papá me sigue encontrando atractiva, a pesar de mi careto pálido y ojeroso y la barriguita premamá. Gracias, papá, por quererme tanto. Y gracias, hijos míos, por esta liberación que me habéis traído. Supongo que en unos años, cuando ya no necesitéis (ni queráis) el 100% de mi atención, volveré a mirarme el ombligo (me tendré que operar antes para poder hacerlo, porque ahora mismo tengo una pasa en vez de un ombligo) y a querer estar guapa otra vez. Mientras tanto, seguiré siendo feliz hecha unos zorros. Ya lo decía hace unas semanas, Jo***, pero contenta.

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Después de mi paso por la Universidad hice un Master en Gestión Internacional de la empresa, y es a esto, al comercio exterior, a lo que me dedico profesionalmente. Junto con mi Pantuflo, somos padres de seis. Los tres primeros no están con nosotros, habitan cada uno en una estrella. Los tres siguientes afortunadamente nos dan mucha lata: Zipi y Zape, que nacieron el mismo día, y Tamagochi, que llegó tres años después. Escribo con sinceridad, pero sin dramatizar, sobre mi realidad imperfecta, sin olvidar el sentido del humor, todo ello aderezado con un punto místico que no puedo evitar por más que me lo proponga. Soy inquieta por naturaleza, siempre tengo algún proyecto entre manos. Hablo más deprisa y en más cantidad de lo que la mayoría de las personas son capaces de procesar, así que el blogging ante todo es una terapia para mí (¡y para los que me rodean!).

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