Mis hijos han tenido el desarrollo de niños “únicos” desde el nacimiento, pues nacieron a término (38 semanas) y con las medidas y pesos como si hubiesen sido de gestaciones independientes. Estoy tan acostumbrada a que todo el mundo me diga lo largos que están, lo rápido que empezaron a caminar, a trepar por el sofá, a subir y bajar escaleras de aquella manera -todo ello con la sempiterna coletilla de “para ser gemelos…”- que lo del habla me ha pillado totalmente por sorpresa. Teniendo en cuenta que yo soy un loro parlante, que empecé a hablar muy temprano (mi madre asegura que con 1 año, aunque yo lo pongo en duda…) y ya nunca me callé y que a los niños les hablo muchísimo, di por hecho que iban a convertirse muy pronto en dos cotorras como su madre. Y tampoco le di mucha importancia al tema.


Pero hete tú aquí que últimamente no paro de toparme con bebés que con 18 meses, la edad actual de mis mellizos, saben decir un montón de palabras perfectamente pronunciadas. Y entonces empiezo a fijarme en mis hijos (porque como comentaba en la entrada “Two” much o el ataque de estrés gemelar muchas veces no es que no hagan las cosas, sino que no tenemos tiempo de reparar en ello) y me doy cuenta de que, efectivamente, no dicen ni mú. Bueno, justo “mú”, “guau”, “groar” y algún animal más sí hacen. Y dicen tres cosas más que les hemos enseñado, y que repiten como un mantra. Pero comunicarse, lo que se dice comunicarse, lo siguen haciendo a golpe de llanto, aún no han entendido para qué sirven las tres palabras que saben decir.

Y como madre primeriza que soy, voy a consultar en la web. Menos mal que la primera página que encuentro es esta entrada de Somos Múltiples, que justo cuando sus hijos tenían  la edad de los míos ahora, se pregunta por qué sus mellizos no le hablan. Y bueno, empiezo a respirar tranquila, no sólo al leer la entrada, sino también todos los comentarios de otras mamás y papás de múltiples, todos coinciden en que sus hijos empezaron a hablar un poquito más tarde de lo habitual.

Luego acudo al libro de Coks Feenstra, El Gran Libro de los Gemelos, que es nuestra biblia gemelar donde vamos consultando cosas sobre su desarrollo según van creciendo, y dice que, en término medio, los gemelos empiezan a hablar 6 meses más tarde que los bebés únicos. Según Feenstra, el factor más importante que influye en este retraso es que la madre tiene menos tiempo para dedicar en exclusiva a cada uno de sus hijos, ya que la mayor parte de su conversación va dirigida a los dos a la vez. Y los bebés, a su vez, tienen menos oportunidades de entablar un diálogo a solas con su madre, ya que el hermano siempre está presente, intentando arrebatar la atención. Además hay un factor más que dificulta el proceso, y es que la madre de gemelos suele llevar a cabo más de una actividad a la vez, por lo que sus palabras no acompañan a sus gestos. Y por último, los niños suelen tener un retraso más marcado que las niñas. La verdad es que estas palabras, extraídas literalmente del libro, son un fiel retrato de mi vida con los dos.

Como sugerencias, Coks Feenstra propone:

– Leerles a diario cuentos a cada uno de forma individual;
– Procurar que durante alguna actividad (baño, cambio de pañal…) en que estamos a solas con uno de ellos, nuestras palabras se sincronicen con nuestros gestos, intentando mirarles a los ojos mientras les hablamos.

Aún no he podido poner en práctica ninguna de estas recomendaciones, pero tomo nota. Y sobre todo, me quedo un poco más tranquila al saber que la escasez de palabras de mis lechoncinos no es algo tan raro.

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Después de mi paso por la Universidad hice un Master en Gestión Internacional de la empresa, y es a esto, al comercio exterior, a lo que me dedico profesionalmente. Junto con mi Pantuflo, somos padres de seis. Los tres primeros no están con nosotros, habitan cada uno en una estrella. Los tres siguientes afortunadamente nos dan mucha lata: Zipi y Zape, que nacieron el mismo día, y Tamagochi, que llegó tres años después. Escribo con sinceridad, pero sin dramatizar, sobre mi realidad imperfecta, sin olvidar el sentido del humor, todo ello aderezado con un punto místico que no puedo evitar por más que me lo proponga. Soy inquieta por naturaleza, siempre tengo algún proyecto entre manos. Hablo más deprisa y en más cantidad de lo que la mayoría de las personas son capaces de procesar, así que el blogging ante todo es una terapia para mí (¡y para los que me rodean!).

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