Con la comida me ha pasado un poco como con el habla. Que pensaba que mis niños eran unos fuera de serie comiendo, y resulta que nada más lejos. Tienen 21 meses y su alimentación principal es a base de purés. Mastican algunas cosas (han ido bastante retrasados en la dentición). Pero la fruta, si no se la doy en puré, la tiran al suelo. Y a mediodía les ponemos siempre trocitos de pescado, albóndigas, croquetas, pollo, pavo, etc para que vayan enredando y aprendiendo a usar el tenedor, pero la comida principal es triturada. Y yo tan feliz porque, a criterio mío y de mi entorno, los niños “comen genial”. Pero resulta que luego veo a niños de su edad que comen trozos de fruta, lentejas sin triturar, utilizan la cuchara para comer los purés… y me quedo boba.

Y entonces me entran las prisas… Y me fuerzo a parar, contar hasta tres, o hasta diez si hace falta, e intento mirar las cosas con perspectiva. Me relajo y entonces nace la reflexión que os cuento a continuación:

De siempre me ha dado la sensación, por lo que oigo y veo, de que los principales problemas (problemillas en realidad) que presenta un bebé que no es “bueno” son el sueño y la comida. Ahora que soy madre me lo he planteado más en serio, y no lo entiendo, aparte de que no me gusta nada esta división tan arraigada entre niños “buenos” y “malos” en función de la lata que den (a lo mejor no me gusta precisamente porque tendría que meter a mis hijos en el saco de los “malos”, y me niego).

No entiendo que la comida y el sueño sean un problemón porque, como animales que somos, la supervivencia es el motor de nuestra existencia, y el alimento y el descanso son los pilares sobre los que se fundamenta nuestro ritmo vital. ¿Cómo puede ser que dos de los instintos más primitivos supongan los mayores quebraderos de cabeza, y las librerías se inunden de métodos para “enseñar” a nuestros hijos a comer y dormir ? ¿Cómo no va a querer comer un bebé? Será que no tiene hambre (afortunados los bebés que nacen en sitios, como nuestro país, donde no se pasa hambre), o que aún no está preparado para comer lo que le estamos ofreciendo. ¿Cómo no va a querer dormir? Será porque no tiene sueño cuando nosotros queremos que lo tenga, o no duerme las horas que queremos, sino las que él va necesitando y a sus ritmos. ¿Por qué esas prisas para que los niños se comporten como adultos lo antes posible? No digo yo que no haya bebés que planteen verdaderos y serios problemas en alimentación y sueño, pero son una minoría, desde luego no justifican la ingente cantidad de libros que hay en el mercado hablando sobre el tema.

Una de las grandes ventajas que ha supuesto para mí tener gemelos siendo primeriza es el poder observar las diferencias entre uno y otro, para entender que cada cosa llega a su tiempo, da igual lo que hagamos nosotros por acelerar los procesos (supongo que normalmente te das cuenta de esto cuando tienes el segundo hijo).

Cuando empezamos a dar comida con cuchara a nuestros peques, Zipi se tiraba a ella con la boca abierta, que no se comía la cuchara también porque es muy dura. Devoraba y se ponía ansioso mientras esperaba a que le dieses la otra cucharada a su hermano. Zape, sin embargo, no quería verla ni en pintura. A veces se ponía tan nervioso porque no quería la cuchara, que le entraban ataques de llanto y acababa vomitando lo poco que habíamos conseguido meterle. Probamos de todo: a darle una cucharada y enchufarle el chupete inmediatamente después, a ponerle Baby Einstein mientras hacíamos muecas para que abriera la boca, a usar biberón-cuchara (una de las mayores chorradas que he comprado en mi vida de multimami)… Finalmente, cuando a él le apeteció, empezó a disfrutar de la comida con cuchara y hoy en día come genial (lo de la cuchara, de los trozos ni hablar). Si hubiese seguido dándole leche hasta que él quisiera comer con cuchara, estoy segura de que habría empezado a comer al mismo tiempo que lo ha hecho con todas nuestras insistencias y truquitos. Lección que me llevé de todo esto: dejar a cada uno que siga su ritmo y no imponer las cosas, porque lo único que podemos conseguir es que el niño se trabe con algo innecesariamente y la comida se convierta en suplicio, para él y para nosotros.

Así que sí, lo asumo, mis niños están muy lejos de ser los perfectos comedores, probablemente sea culpa mía por haber triturado tanto y no haber insistido más desde el principio con los tropezones. Pero tengo claro que no les voy a obligar, aunque a veces me desespera que no quieran comerse la tortilla y acabe en el suelo. Y estoy convencida de que algún día, más tarde o más temprano, comenzarán a disfrutar de la comida y la cocina tanto como lo hacemos su padre y yo.

Y tus gemelos, ¿qué tal comen?

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Después de mi paso por la Universidad hice un Master en Gestión Internacional de la empresa, y es a esto, al comercio exterior, a lo que me dedico profesionalmente. Junto con mi Pantuflo, somos padres de seis. Los tres primeros no están con nosotros, habitan cada uno en una estrella. Los tres siguientes afortunadamente nos dan mucha lata: Zipi y Zape, que nacieron el mismo día, y Tamagochi, que llegó tres años después. Escribo con sinceridad, pero sin dramatizar, sobre mi realidad imperfecta, sin olvidar el sentido del humor, todo ello aderezado con un punto místico que no puedo evitar por más que me lo proponga. Soy inquieta por naturaleza, siempre tengo algún proyecto entre manos. Hablo más deprisa y en más cantidad de lo que la mayoría de las personas son capaces de procesar, así que el blogging ante todo es una terapia para mí (¡y para los que me rodean!).

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