Tras las exitosas incursiones de Willy, el marido de Elena, en el mundo blogueril con esta y esta otra entrada, hoy tenemos el privilegio de contar nuevamente con una colaboración masculina. Se trata de Rafa, amigo de Elena y Willy, arquitecto para más señas y padre de dos hijos de 3 y 1 años.

Tengo una teoría.


Cualquiera sabe lo que son las barreras arquitectónicas, sin necesidad de ser arquitecto o tener alguna discapacidad motora. Es un concepto ampliamente extendido, e incluso muchos arquitectos hacen de la eliminación de dichas barreras su fuente de ingresos. Sin embargo, tengo la teoría de que hay unas barreras peores, de las que las arquitectónicas no son sino una rama o consecuencia.  Las llamo barreras “socio-tectónicas”, porque llamarlas “poca conciencia social” o simplemente ”mala educación” suena poco técnico.


Os pongo un ejemplo para que lo entendáis. Esta misma mañana íbamos mis estupendos hijos y yo hacia la guardería por una acera bastante ancha, de esas que aún tienen espacio para un mini parterre con su arbolito, y en la que ni dos señoras paradas con sus bolsas de la compra y comentando lo de la Pantoja te impedirían pasar. Pues en una de esas aceras tuvo a bien plantar su furgonetón un “alguien” que además se las apañó para encajarlo entre el edificio y el árbol, impidiendo pasar hasta a una persona andando, no digamos ya con silla de niño. ¿Comprendéis ahora lo que son las barreras socio-tectónicas? Y mis hijos nacieron con 2 años de diferencia, así que sólo llevaba una silla normal. No quiero ni pensar lo que debe ser para quienes parís a pares, o con menos diferencia de tiempo y van dos en la misma silla.


Los edificios con barreras arquitectónicas se construyeron en tiempos en los que a nadie le importaba el diferente, con discapacidades motoras, o, simplemente padres y madres que, aunque sea por tiempo limitado, necesitan pasar y entrar por los mismos sitios que cualquiera. Y mientras actualmente cada vez hay mayor conciencia respecto a ese tema, e incluso regulación, da la sensación que más perdemos por otro lado. En algunos sitios con mucha gente, como una calle concurrida,cualquiera, e intentando evitar hacer daño a alguien, pidiendo mil disculpas,… a veces recibes miradas que parecen decir “Si traes eso, ¿para qué te metes aquí?”. Si a eso le añadimos las genialidades del consumismo, pues ya no sé por dónde podemos pasar: carteles-anuncios en la calle que tiras cada dos por tres, terrazas de bares que se comen media acera, coches y furgonetas aparcados o simplemente parados donde menos le importa a los dueños si molestan, e infinidad más de dificultades. Comprar regalos en Navidad es impensable, claro. El casco histórico de Burgos es precioso, pero de lo más antipráctico que hay.


Por eso quiero levantar una voz contra las barreras sociotectónicas. Entre los recortes del gobierno y los que hacemos nosotros mismos, la educación se va a quedar en nada. Se arregla fácil y gratis: simplemente pensando un poco en los demás. Y, repito, yo sólo llevo una silla normal. No quiero pensar en los que llevan una silla mayor. Y menos en los que inevitablemente llevan silla por más tiempo que el que tardan sus hijos en aprender a caminar. Cada vez que os paréis en la calle, pensad en quién podría pasar por el hueco que dejáis.


Gracias, Ana y Elena, por contar todas estas cosas, y por dejarme contribuir. Se siente uno muy importante, aun siendo de clase B (sin hijos a pares)



Rafa de la Rubia
Gracias a ti, Rafa, por explicar de forma tan clara un concepto que debería registrarse en el Diccionario de la RAE, para posteriormente desterrarse del comportamiento de todas las personas que forman nuestra sociedad.

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Después de mi paso por la Universidad hice un Master en Gestión Internacional de la empresa, y es a esto, al comercio exterior, a lo que me dedico profesionalmente. Junto con mi Pantuflo, somos padres de seis. Los tres primeros no están con nosotros, habitan cada uno en una estrella. Los tres siguientes afortunadamente nos dan mucha lata: Zipi y Zape, que nacieron el mismo día, y Tamagochi, que llegó tres años después. Escribo con sinceridad, pero sin dramatizar, sobre mi realidad imperfecta, sin olvidar el sentido del humor, todo ello aderezado con un punto místico que no puedo evitar por más que me lo proponga. Soy inquieta por naturaleza, siempre tengo algún proyecto entre manos. Hablo más deprisa y en más cantidad de lo que la mayoría de las personas son capaces de procesar, así que el blogging ante todo es una terapia para mí (¡y para los que me rodean!).

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